Rateros, mentirosos, imbéciles…
Jueves 13 de febrero. Central de Autobuses «Conexión», Huichapan, Hidalgo. Me dicen por teléfono que una de las salidas a la CDMX es a las 14:30 PM. Me organizo para esa hora, tomo un taxi y llego a las 14:20. La cajera me dice que la salida más próxima es a las 15:00 y balbuce una explicación…
El boleto cuesta 220 pesos. Saco dos billetes de cien y uno de cincuenta, los pongo en el mostrador. La cajera espera a que yo mire para otro lado, levanta los billetes y se los lleva, sale del cubículo y regresa, toma asiento, pregunta mi nombre, se lo digo, lo teclea, me cobra 220 pesos y le digo que ya le pagué, me dice que no, le digo que dejé 250 pesos en el mostrador y que sólo ella pudo tomarlos
—¿Y dónde está su boleto? —me pregunta.
—No me lo ha dado —respondo ofendido por su intento de que yo sea más estúpido que ella.
Aun así, reviso todos los compartimentos de mi cangurera y los bolsillos de mi pantalón, busco en el piso a ver si el dinero no se cayó, levanto las cosas que hay en el mostrador (grandes cuadernos de contaduría), a ver si los billetes no están debajo.
Al final, no me queda ninguna duda.
Le aseguro a la cajera que dejé el dinero en el mostrador; ella responde que no y se comporta con tanta confianza y tranquilidad, tanta seguridad, que empiezo a sospechar de un chofer que habló con ella mientras yo esperaba, él y yo del mismo lado del mostrador. Pero sospecho más de ella por varias razones: Ella, para empezar, no sólo niega haber tomado el dinero, sino inclusive que yo lo haya dejado en el mostrador. Y mi propio instinto es infalible cuando se trata de percibir o detectar mentiras.
Exijo revisar lo grabado por las cámaras de seguridad, a ver si el dinero lo tomó ella u otra persona.
—No hay cámaras de seguridad —me dice.
—Ahí hay una —señalo a la que nos mira.
—Esa no sirve, no está funcionando —miente.
—Entonces llama a tu jefe, porque de aquí nos vamos a la delegación de policía. Si las cámaras no funcionan, es tu palabra contra la mía.
Ella llama a su jefe y yo le informo el problema. El jefe asume una complicidad inmediata y automática, cínica y descarada. Exijo que revisemos lo que haya grabado la cámara. Contesta que, para eso, yo tengo que hacer una solicitud por escrito y que van a contar el dinero de la caja, a ver si es la cantidad justa o sobran 250 pesos. Le digo que eso es hacerle al cuento, pero espero a que terminen y trato de ser paciente.
Mientras tanto, llega más gente, se hace una gran fila, y yo hago comentarios en voz alta para que la gente se entere de que allí roban.
—¡Increíble! —exclamo— ¡Debería darles vergüenza! ¡El robo es un delito y amerita cárcel!
La cajera termina de contar el dinero y dice que no sobra nada. Según el jefe, la cajera dice la verdad y yo miento. Insisto en las cámaras de vigilancia y el jefe sugiere que yo haga lo que quiera, que vaya a la delegación, que llame a la policía o “presente un escrito” para solicitar que revisemos el material de las cámaras.
—Pero descúbrase porque en la delegación le van a solicitar su INE —me ordena.
Yo tengo puestos dos tapabocas y me limito a mirar la cara y el comportamiento del cómplice, pensando que además es un provocador y amerita, por lo menos, una rotunda golpiza, de preferencia en la cárcel.
—¡Descúbrase! —ordena de nuevo con la sonrisa oligofrénica de quien divierte su impunidad.
—Yo soy el afectado —le digo—. Los rateros son ustedes.
—¿Y cómo piensa comprobarlo? —pregunta.
—Con las cámaras de seguridad —respondo.
—¿Y si las cámaras le dan la razón a la cajera? —pregunta.
—No se haga ilusiones. Si usted creyera que la cajera dice la verdad, no se resistiría tanto a que veamos el registro de las cámaras.
—Nosotros no tenemos acceso a las cámaras —contesta— y ya demostramos que no ha pagado su boleto.
Al decir eso, el jefe da media vuelta y se retira. Lo alcanzo y le pregunto quién tiene acceso a las cámaras. Contesta que el gerente. Exijo que lo llame y contesta que él ya hizo lo “procedente” y sugiere que yo “ponga una queja”.
—¡Deje de contestar pendejadas y llame al gerente! —le grito en la cara.
—¡Cálmese, o yo lo acuso a usted! —amenaza.
—¡Acúseme lo que quiera si es que puede! ¡Tengo que ir a la Ciudad de México por una emergencia! ¡Si no llego a tiempo, ustedes van a pagar también las consecuencias!
—Será su culpa, no es problema nuestro, usted lo está causando.
—¿Por no dejar que me roben? ¿Dónde está el gerente? ¡Ahora quiero hablar con él!
El jefe saca su teléfono móvil y hace una llamada, o hace como que llama. Yo entro al baño, salgo y ya está el gerente con nosotros. Le explico la situación en resumen y él accede de inmediato. Subimos a su oficina, vemos lo que grabó la cámara de la caja. Es evidente que la cajera, aprovechando que es la única en ese momento, había acomodado el monitor contiguo de tal modo que obstruyera la visibilidad de la cámara, pero estúpida como es, levantó mi dinero del mostrador y lo contó, dándome la espalda, camino a la salida del cubículo. Eso sí lo registró la cámara, sin lugar a dudas ni a discusión.
Pero el gerente y el jefe tardan diez minutos o más en asimilar lo que yo percibo en cinco segundos. Y en el ínterin, el jefe sigue balbuciendo sandeces que, según su oligofrenia, son materia de discusión.
Regresamos a la caja y, una vez allí, el jefe me pide una identificación oficial para poner mi nombre en el boleto. Respondo que no tengo por qué identificarme y que jamás le piden identificación a nadie para venderle un boleto. El jefe insiste con una debilidad lastimera. Ya ni contesto, miro el reloj; me dan el boleto, pero se quedan con el cambio. Dejo pasar todo el tiempo posible y, cuando baja también el gerente, exijo mi cambio.
La cajera dice llamarse Cristina Chávez. El jefe, Jesús Peña. Y el gerente, Venancio Hernández.
Por la confianza y la tranquilidad con se comportó la cajera en todo momento, cabe sospechar que tiene práctica y experiencia en robar con ese modus operandi, y quizá también con otros. Nunca dejó de sonreír, ni siquiera cuando quedó exhibida con evidencias claras, irrefutables. El comportamiento del jefe, como ya dije, fue de complicidad en todo momento. Nunca ofreció disculpas, ni por el intento de robo ni por sus propias estupideces. Tampoco el gerente…
Perdí 40 minutos en este pleito, tiempo que yo habría aprovechado para hacer compras en la bodega de Aurrerá.
El camión apestaba insoportablemente a meados y no había ni la más mínima ventilación. El chofer equivocó la ruta en una desviación y tuvo que regresar en reversa unos 200 metros.
En las próximas horas, regresaré cámara en mano a ver si la cajera fue despedida o sigue allí, robando al público en descarado contubernio con el jefe. Si no regreso yo, lo hará alguien más por mí.
Actualización
He aquí a la susodicha en una foto medio engañosa porque, filtros mediante, la hace parecer más joven. También tiene antecedentes acumulados que otras personas señalan al compartir esta crónica en sus propios muros de Facebook y en varios grupos de la misma red social.
Cristina Chávez, la cajera-ratera de “Conexión”, Estrella Blanca, Huichapan, Hidalgo, opera en sistemática y descarada complicidad con su jefe, Jesús Peña.
He hablado con algun@s de sus compañer@s de trabajo (antiguos y actuales) y me dicen que ella es el brazo derecho del jefe-cómplice, que se trata de una mafia y de ahí su impunidad. La mayoría coincide en que la interfecta es déspota y prepotente, que jode tanto al público usuario como a sus propi@s compañer@s, que les hace la vida imposible, a menos que sean jefes. Me informan también que la mujer aspiraba, desde su ineptitud como cajera y su falta de valores éticos y morales, a ser la “encargada de valores”, pero ahora, en vez de ascenso, tendrá que buscar trabajo en otro lado.
Más adelante publicaré una foto más representativa. Por lo pronto, imaginen esta cara menos joven y con muy mala vibra.

