Ya informé bastante sobre la construcción contigua que, durante quince meses, ha destruido tanto mi casa como mi salud física y mental. Se trata de una simple barda. La casa tiene años construida y la mitad del tamaño que la mía.
El 10 de julio, con una desvergüenza de antología y el cinismo propio de la temeridad oligofrénica, vino un tal Jorge Flores a pedir permiso de cortar las ramas de mi árbol que hacían contacto con la cerca eléctrica. Por economía, luego de una serie de reclamos que no entendió, como si ni siquiera los oyera, le di permiso de cortar las ramas.
Le pregunté hasta cuándo seguirían haciendo su ruido insoportable y envenenando el aire que respiro, y contestó que nomás otros quince días.
—Entonces hasta el 25 de julio tienen de plazo para seguir chingando con sus pendejadas. Si después de esa fecha dan un martillazo más, se los voy a devolver junto con todos los anteriores, del modo que yo elija —advertí.
Ese mismo día hicieron todo el ruido posible (hasta para poner un tornillo usan máquinas de ruido) y echaron su pestilencia metálica y cancerígena, además de tíner y basura.
Horas después vi que no habían cortado las ramas de mi árbol: habían mutilado más de un metro del tronco.
Desde luego, haré efectiva mi advertencia, y ahora me siento con un derecho adicional: hacer con ellos lo que ellos hicieron con mi árbol, o sea, mutilarlos a machetazos.
El 22 de julio pusieron unas láminas de acrílico para proteger la cerca eléctrica, lo cual hace innecesario haber mutilado mi árbol. Y continuaron con su ruido, su pestilencia y toda su contaminación desquiciante… ¡hasta las once de la noche!
Esas láminas agravan lo que ya informé: que la barda obstruye la visibilidad desde la ventana de mi baño y obstruye también la ventilación y la luz solar. Además, apestan…
Cada vez está más claro que la oligofrenia desatada no termina jamás. Dentro de unos días tendrán otra ocurrencia pendeja y hasta demencial, y seguirán chingando mi vida y la de otros. Así, hasta que yo acabe con su violencia gigantesca, pero amparada en la pequeñez.
También me queda claro que todo cuanto hace o deja de hacer esta gentuza infrahumana tiene como única motivación el miedo, un miedo sin remedio y cuyo único límite es la muerte.
* * *
Huichapan, Hidalgo, a 23 de julio de 2020.
Hoy pagué mi consumo de energía eléctrica en el cajero automático de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).
Fui primero a las 16:30 horas e intenté pagar con un billete de 500 pesos, pero el cajero no acepta billetes mayores de 200.
Fui entonces al OXXO a comprar café y cambiar el billete.
(Por cierto, dicho sea entre paréntesis, es verdad que un letrero prohibe el paso a quien no use cubrebocas, pero los empleados no usan cubrebocas ni careta ni nada).
Regresé a la CFE y, en la esquina de su calle, un viejo flaco y moreno (1.70 de estatura) trataba de amedrentar a un perro callejero.
El viejo, al verme, dejó de agredir al perro, y mi perra Naomi se acercó a saludarlo, como suele hacer.
Cuando pasé junto al viejo, soltó un montón de cacayacas demenciales y cometí el error de detenerme, voltear a verlo y preguntarle qué decía.
Contestó preguntando si yo iba a echarle a Naomi para que lo mordiera.
Respondí que no, y estaba por seguir mi camino cuando el viejo gritó:
—¡Entonces vamos a rompernos la madre!
—Cálmate, anciano —le dije.
El viejo comenzó a boxear y yo, con la bolsa del café en una mano y la cadena de Naomi en la otra, insistí:
—Cálmate, pinche loco.
El viejo me dio un puñetazo en la cara, que ojalá no haya tocado más allá del cubrebocas.
Mi primer impulso fue reventarlo a patadas, pero me detuvo el peligro de que este facineroso fuera portador de Covid-19.
Él llevaba puesto un cubrebocas, pero se descubrió para pelear.
Seguí ordenándole que se calmara, alternando frases despectivas, pero el viejo enloquecía cada vez más.
—¡Yo también sé rajarme la madre! —gritó.
—Lo que tú digas, abuelo, pero mejor te calmas.
Un segundo impulso de soltar la bolsa de plástico y romperle algunos huesos lo reprimió mi conciencia de su demencia y su avanzada edad, que serían atenuantes de su agresión y factores en mi contra, al menos entre los testigos de su especie.
Caminé casi de espaldas, dándole siempre la cara, hasta la CFE.
Cuando llegué le pedí al guardia que llamara a la policía y le informé la situación con un rápido resumen (incluyendo el hecho de que yo no llevaba teléfono móvil).
El guardia me vio con cara de zombi y, sin levantarse de la silla, tampoco movió un dedo ni activó la más mínima neurona.
El viejo loco entró sin cubrebocas y saludó al guardia estrechándole la mano (entre amigos y similares no hay sana distancia ni la conocen).
El viejo (entre bipolar y actor con tablas) asumió papel de víctima tranquila y me acusó con el guardia:
—Este señor dice que me va a matar, que tiene mucho dinero y muchas influencias y mucho poder y me va matar.
—No mames, pinche psicótico-rabioso —le dije y pregunté al guardia si ya había llamado a la policía.
El guardia respondió que sí y le grité al viejo que guardara su distancia mientras yo pagaba mi consumo de energía eléctrica y llegaba la policía.
El guardia ordenó que nos fuéramos a la calle a discutir y le expliqué:
—Yo vengo a pagar y voy a pagar. No tengo nada que discutir con un loco ni contigo. ¿No dices que llamaste a la policía?
—No tengo por qué llamarla —contestó—. ¿Por qué no la llama usted?
—Ya te dije que no tengo teléfono móvil y te estoy pidiendo un favor que, desde cualquier punto de vista, tienes la obligación de hacerme. Llama a la policía para que no sea necesario romperle la madre a tu cuate, que está enfermo de la mente.
Entonces salió otro empleado, desplegando gran autoridad.
—¡Aquí no es para que vengan a pelear! ¡Váyanse a pelear a la calle! ¡Esta es propiedad privada! (sic)
—Yo vengo a pagar —le dije.
—¡Pues apúrese a pagar y váyase! —ordenó.
—Ni me apuro y me voy cuando quiera.
—¡Apúrese a pagar y váyase! —repitió con ingenioso talento y gran imaginación.
—Me voy cuando haya pagado y venga la policía. Si quieres que me vaya antes, trata de sacarme.
El segundo soltó una risita y le pregunté.
—¿De qué te ríes, pendejo?
—Yo no le estoy faltando al respeto —dijo como dicen en Huichapan todos los imbéciles, deshonestos y cobardes (o sea, los huichapeños, que no los huichapenses).
—Si me apuras y me corres y te ríes me faltas al respeto, pedazo de pendejo.
—Usted es el que dice groserías.
—¿Y qué esperabas? Causa y efecto. Si te duelen las “groserías” no las provoques.
Como buen huichapeño, se puso a hablar de “educación”.
Todo este intercambio ocurría mientras yo pagaba y el viejo loco hacía mutis.
Una vez que pagué, intenté calmarme y explicar que no era válido hablar de respeto ni de educación cuando alguien se apersonaba para pagar su consumo de energía eléctrica, perseguido por un loco violento que ya había pasado inclusive a los golpes y cuando los empleados no asumían un mínimo de solidaridad y empatía con el usuario agredido, sino complicidad con el agresor.
Mientras yo empezaba este alegato, el que salió después se puso a balbucir sandeces encima de lo que yo decía (entre otras cosas, escupió que yo debía llevarle un escrito, como si ahora el demente fuera él), y grité:
—¡Estoy hablando yo, carajo! ¡Ni puta idea tienen de lo que significa respeto y educación!
—Nosotros no decimos groserías —repitió.
—¡Felicidades, pinche par de inútiles!
Antes de salir, tardándome cuanto quería, me unté gel antibacterial que llevaba en la cangurera y le dije al huichapeño:
—Si oprimo “abonar”, el cajero me da cambio, y lo que hay en esta botella (una que decía gel) no es gel, sino agua con jabón.
—Pues entonces no se lo ponga —contestó.
—No me lo pongo —dije.
—Pues si no es gel, ¿entonces por qué se lo pone?
—Estoy poniéndome del mío, pinche ciego. ¿En dónde dejaste el cerebro?
—Sigue insultando y diciendo groserías —balbuceó.
—No se vayan a morir, pinches oligofrénicos-infinitesimales.
Risita.
Salí de allí furioso y pasé junto a una cafetería en donde pedí que llamaran al 911 para que llegara la policía municipal y no se quedaran así las cosas.
Hice un resumen de lo ocurrido y una mujer muy joven y muy gentil llamó, dio la información que le pidieron y yo proporcioné sobre la marcha.
Esperamos veinte minutos y la policía municipal nunca llegó.
Yo esperé diez minutos más en la calle y nada.
* * *
Si yo quisiera, obligaría a la CFE a darme el registro de las cámaras de seguridad para que la policía del estado identifique físicamente al anciano demente y violento, lo aprehenda y, si un juez considera que se trata de un peligro público, lo internen por algún tiempo en un hospital psiquiátrico.
Si yo quisiera, los dos empleados de la CFE se quedarían sin trabajo y sin otras cosas que no voy a mencionar.
Si yo quisiera, también haría público el interminable historial de pendejadas y chingaderas que, durante siete años y medio, ha cometido esta sucursal.
Si yo quisiera, la policía municipal tendría la debida sanción por su negligencia, su negación del servicio que debe prestar por obligación legal, ética y moral, si alguien se lo pide, y también se quedaría sin trabajo.
Si el viejo loco siguiera en la calle y yo quisiera correr el riesgo de que me contagie de Covid-19, en vista de que su enferma psicología no tiene remedio, lo mandaría directo a terapia intensiva.
* * *
Una última reflexión:
En Huichapan, ni la policía municipal ni protección civil ni los parásitos que infestan el palacio municipal sirven para nada; viven de nuestros impuestos sin trabajar y violando la Ley todos los días con campante impunidad.
¿Hasta cuándo?