Huichapan, Hidalgo: aterrizaje forzoso de la pandemia

Mes y medio después de que fuera detectada en México la variante del coronavirus llamada ómicron, la pandemia mundial alcanzó un récord nacional de 60 mil 552 nuevos contagios en 24 horas (enero 19). Dos semanas después (febrero 2), el número de contagios superó los 42 mil en un día. El 10 de febrero, México registró 927 decesos por covid-19 en 24 horas, la cifra más alta en esta “cuarta ola” que, según el optimista subsecretario de la negligencia criminal, “va a la baja y así se mantendrá hasta su completa desaparición” (¡sic!).

En México, el número de casos confirmados supera los cinco millones. Las “muertes asociadas” rebasan los 324 mil. Todo según cifras oficiales que, para ser creíbles, hay que multiplicar… A pesar de las vacunas, la pandemia crece y avanza, la situación empeora, los problemas se complican, pero al ocurrir disminuciones momentáneas en los números de contagios como sucede ahora, la imbecilidad en masa tiene luz verde y las declaraciones oficiales son cuentas y cuentos alegres. La estrategia gubernamental es declarativa y, en vez de enfrentar la pandemia, induce la opinión pública. La negligencia, la irresponsabilidad, el engaño, inclusive un optimismo entre oligofrénico y descaradamente criminal, siguen siendo el tenor sin rectificación ni variación alguna. Todos los cálculos públicos o presentados como tales por López-Gatell son deliberadamente erróneos, equivocados, o sea, falsos. Como la inteligencia en México es minoritaria, no parece preocuparle al desgobierno si la ofende. Lo que importa y donde los cálculos no fallan es el país de masas que votan y agradecen su adicción a las dádivas.

El “presidente” (así, entre comillas) ha contraído el virus dos veces y sigue sin usar tapabocas ni siquiera durante sus baños de pueblo, contagiando a la mayor cantidad posible de gente y dando un pésimo ejemplo a dichas masas, que no son encefálicas, sino anti-encefálicas y acéfalas. El subsecretario popularmente apodado «Doctor Muerte», que también ha contraído el virus, tampoco se tapa la boca (se la debimos tapar antes de que dijera la primera mentira) y, para acabar pronto, debería estar en la cárcel junto con sus jefes.

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En Huichapan, Hidalgo, que es un pueblo representativo de la ignorancia y la estupidez mexicanas, el ayuntamiento reproduce con ruidoso entusiasmo la negligencia criminal de los López (Obrador y Gatell), al permitir y hasta organizar grandes fiestas cada semana. Si algo bueno tenía la pandemia era que nos libraba de la contaminación sonora, que abunda en este municipio y es violatoria de la Ley para la Protección al Ambiente del Estado de Hidalgo.

Pero entre desgobierno y desgobernados no existen diferencias en cuanto a cultura cívica y otros rubros de la convivencia. Dos años de pandemia no son suficientes para que la gente aprenda, entre otras cosas, a usar el cubrebocas (llevarlo en el cuello no es usarlo, usarlo con la nariz descubierta no sirve para nada) ni a guardar su “sana distancia”. En las tiendas, los huichapeños se acercan sin el más mínimo cuidado y sin necesidad alguna, inclusive se apretujan, se tocan unos a otros las espaldas y, en los casos más grotescos, se saludan con besos en la cara. Tanto en plazas y calles como en los parques nunca falta el descerebrado que fuma (lo cual hace hasta la policía municipal, vergonzoso paradigma de la inutilidad parasitaria).

Entre las sandeces que hay que padecer durante las esperas está la siguiente joya: “Ojalá que haya feria del Calvario para que haya ventas. La pandemia ya está controlada, es una enfermedad de temporada” (¡sic!).

Así todo por el estilo en esta capital de la oligofrenia, con un palacio impecable y unos baños saturados de mierda en el parque infantil junto a la cancha y casi junto al Lienzo Charro, que también apesta desde hace meses a mierda en abundancia, como cuando las granjas de Osorio Chong y compañía hicieron crisis. El lugar y sus alrededores son una plétora de mierda canina y hasta humana porque la gente (que no es gente ni es humana, sino gentuza infrahumana) prefiere cagar en la vía pública, inclusive a las afueras de la escuela primaria, que en los baños repelentes, y el desgobierno prefiere cerrar esos baños con llave a lavarlos. También el camino a la Sabinita es un camino de mierda…

El tema está directamente relacionado con el comportamiento huichapeño en tiempos de pandemia, y la conclusión es lamentable: aquí no existe cultura cívica ni sabe nadie con qué se come; tampoco existe una mínima conciencia respecto a la salud en general.

Alguien me dijo que el hospital municipal está saturado y es el principal foco de covid-19 a nivel local, lo cual no he confirmado ni lo haré porque no tengo tiempo ni ganas.

Lo seguro es que Huichapan es un ejemplo de todo lo que no se debe hacer y se hace hasta con orgullo mexicano.

A nivel nacional, el regreso a “clases presenciales” supone mandar a los niños al matadero, por lo que deberían negarse todos los padres y las madres conscientes y con un ápice de respeto a la vida, por no hablar de amor al prójimo, empezando por sus hijos.

En Huichapan, Hidalgo, el colmo será que, después de todo, haya feria del Calvario y la turba fanatizada y embrutecida se aglomere al grito de: ¡Viva la muerte y la imbecilidad sin límites ni remedio! ¡Sí! ¡Muera México! ¡El semáforo está en verde!