
En Huichapan, Hidalgo, como quizás en todas partes de México, existe sobrepoblación de perros y gatos, con la particularidad de que aquí abunda gente que los mata como deporte para sentirse valiente porque es cobarde y tiene miedo a todo. Este pueblo es la capital internacional del miedo. Tanto perros y gatos que viven en la calle como perros y gatos con dueños y familias son asesinados en el menor descuido a balazos, machetazos, golpes con palos, tubos, picos y palas, envenenados o deliberadamente atropellados, además de los accidentes más o menos esporádicos. Los dueños de perros y gatos asesinados asumen una pasividad no menos cobarde.
El Centro de Control Canino (la perrera, como se le conoce coloquialmente) hace razias y “sacrificios”, inclusive de perros con familia. Se habla de un rastro de perros y gatos que nutre de carne a las carnicerías y taquerías infrahumanas de Huichapan y sus alrededores; es un secreto a voces, y cabe sospechar que opera desde la presidencia municipal o por lo menos con su connivencia.
En Huichapan es costumbre y tradición el abandono de mascotas: los domingos, gente de las comunidades y rancherías baja en sus camionetas al centro y deja libres a sus perros en la parque, aparentemente para que convivan con otros perros, pero allí los deja y vuelve a sus casas, desembarazada. Los perros traicionados así no saben cómo regresar por su propio pie a su antigua casa, que ahora es la vía pública, sobre todo el parque principal, en donde duermen o dormitan día y noche, deprimidos al saberse abandonados. Algunos buscan el camino de regreso a casa y se pierden en la desolación de áreas baldías, donde se guarecen hasta que son asesinados por la barbarie oligofrénica o atrapados por la perrera.
Otra forma huichapeña de abandono es llevar a los gatos en carro lo más lejos posible de su casa y dejarlos allí, en el campo.
También es frecuente que esta chusma tire animales vivos a la basura, que eche a cachorros de perros y gatos al contenedor…
Tampoco es raro ver gente apedreando a un perro por el miedo cobarde que la caracteriza, y creyendo que su propio comportamiento es normal. Ese comportamiento no hace distinciones entre perros “finos” y “corrientes” ni entre adultos y cachorros ni entre razas grandes y pequeñas, aunque los adultos de razas grandes reciben la peor parte.
En general, la gente que tiene perros nunca los educa ni sabe que tiene la obligación de educarlos y mucho menos tiene una mínima idea de cómo educar a un perro. Algo típico del huichapeño es repetir la palabra “educación” sin contexto y con deshonestidad. Cuanto más ignorante y deshonesto es alguien más veces repite la palabra “educación”. Parece una compulsión colectiva-identificadora. Pero, volviendo al tema, sus perros ladran durante horas, a veces todo el día, o desde la noche hasta la madrugada, sin que los señores muevan un dedo. La indolencia en estos casos es de muertos vivientes. Además, los sacan a cagar y no levantan sus heces, las dejan en la vía pública para que todos las respiremos, o dejan libres a sus perros un rato para que defequen y regresen a casa una vez evacuada su mierda en la calle. Si los matan, ni modo. Tampoco las “autoridades” mueven un dedo al respecto ni para ningún otro asunto.
Todos los “veterinarios” de Huichapan son negligentes y criminales, deberían estar en la cárcel o, por lo menos, revocar su licencia médica. Nadie merece un ápice de confianza. Cuando se trata de salud en cualquiera de sus aspectos, sea de personas o animales, hay que salir de Huichapan. El veterinario más recomendable de la región, por no decir el único, se encuentra en San Juan del Río, Querétaro.
En las tiendas que venden alimento para perros y gatos, los dueños y empleados confunden raza con edad y algunos creen que los perros cambian de raza con los años, que las razas pequeñas crecen cuando los cachorros pasan a ser adultos. Si pido croquetas para cachorro de raza grande se hacen unas bolas marca Diablo. Existe inclusive la joya de “raza adulta”… y no hay manera de que entiendan la diferencia.
Quizá como en el resto de la provincia mexicana, en Huichapan es también costumbre y tradición la pirotecnia, que aquí parece aspirar al Récord Guinness en días festivos y agrede sobre todo a los perros, especialmente a los de razas pequeñas y los perros débiles por alguna enfermedad, que a veces no resisten el estrés y mueren como efecto culminante del estruendo. La feria del Calvario es un calvario de contaminación acústica y tanto el desgobierno municipal como el pueblo desgobernado consideran este ruido sociopático y criminal como algo muy alegre… Los vecinos del barrio El Calvario somos los más afectados y, además de torturar a perros y gatos, el ruido mata pájaros y murciélagos, que a nadie interesan.
En la época de las granjas porcícolas que terminaron clausuradas por múltiples y públicas razones, cuando los perros callejeros se acercaban eran asesinados a balazos por los “cuidadores” y nadie levantaba los cadáveres, alguien les echaba cal y allí se quedaban, como los puercos…
Yo reporté nada más durante tres semanas el cadáver de un perro en el camino a La Sabinita, y nadie del ayuntamiento movió un dedo para nada, hasta que la genial Caposa dejó correr agua en cantidades industriales por el canal, esparciendo también la contaminación del cadáver por toda la zona.
También reporté y hasta hice público el cadáver de un gato a las afueras de una escuela primaria, y el cadáver apestó cada vez más durante semanas sin que Protección Civil desmintiera con hechos la fama de su inutilidad parasitaria.
En Huichapan existe un refugio para perros (ignoro si también para otras especies de animales), pero tampoco inspira confianza, pues está en una granja de la familia Siordia, que es una de las más deshonestas y dañinas de Huichapan.
Una contradicción reciente: cada vez hay más recipientes tubulares para croquetas y agua en las calles de Huichapan. Algunos perros callejeros se aglomeran en la banqueta cuando hay alimento en esos recipientes, que a veces están vacíos, pero basta observar durante unos minutos a quienes pasan por allí para saber que, al menos en Huichapan, será necesario el advenimiento de varias generaciones antes de que la gente sepa compartir la vía pública con los perros, que ahora son mal vistos, como si afearan la calle y la ensuciaran, como si fueran agresivos y peligrosos, como si estuvieran enfermos y nos contagiaran su enfermedad… En fin, estupidez, ignorancia y mezquindad.
Existen dos lugares en Huichapan, ambos en El Calvario, donde abundan gatos (uno de esos lugares es la calle donde “vivo”) y paradójicamente hay también dos señoras ancianas y pobres que los alimentan.
Personalmente, advierto que, a diferencia de la sensibilidad canina, de la empatía y la solidaridad humanas, el tamaño de la hostilidad hacia la mejor de las especies animales por parte de la peor, esa que se autodenomina “de razón” o racional, es inversamente proporcional al tamaño de su alma y su capacidad mental. Cuanto menor es ésta, mayor es aquélla.
Así las cosas en este “pueblo mágico”, mas bien trágico por ser quizás el peor del mundo para los animales en general y los perros en particular.
Información complementaria y actualización :
La perrera de Huichapan mata a los perros electrocutándolos porque el ayuntamiento no asigna presupuesto para inyectar sobredosis de anestesia, como debería ser el protocolo de «sacrificio humanitario». La realidad es que amarran al perro, enchufan un cable introduciendo el extremo metálico por el ano y conectan otro cable con pinzas al hocico, mojan al perro y el piso, y lo electrocutan.
Algunos huichapeños llevan a sus perros a la perrera para que los maten porque ya no los quieren, cuando enferman, por ejemplo. Si “dormir” a un gato con anestesia cuesta 150 pesos en una clínica veterinaria, electrocutar a un perro puede ahorrarles a los dueños entre 300 y 500 pesos que son más importantes para ellos.
