CFE y sus apagones de cinco días

El jueves 30 de marzo a las 9:00 me cortaron la luz porque no pagué a tiempo y no pagué a tiempo porque no me enviaron el recibo…

El recibo me sirve como recordatorio porque tengo muchas cosas que hacer y en que pensar, más de lo que nadie imagina.

Pagué luz y reconexión a las 13:00 del mismo día y me devolvieron el servicio hasta el martes 4 de abril a las 9:30.

Me dejaron sin electricidad durante cinco días, o sea, 120 horas.

El día que pagué hablé con un tal Francisco Trejo para informar la situación y solicitar la reconexión de inmediato.

El fulano respondió que eso dependía de que regresaran a tiempo los técnicos, que habían ido a “hacer cortes, no reconexiones”.

Cuando yo salía de la sucursal llegó un camión de la CFE y, cuando me iba, llegó también una camioneta.

Pero no hubo reconexión ese día.

Fui al día siguiente a reclamar e insistir, y Francisco Trejo se comunicó con el técnico en mi presencia, y el técnico le dijo que era necesario cambiar el medidor, que lo informó a su jefe y su jefe le dijo:

“Ya déjalo así”.

Todo en tono típico de mexicano que no sabe hablar en ningún idioma y le divierte la irresponsabilidad.

—Eso en mis tiempos se llamaba negligencia —le dije a Francisco Trejo—. Todo lo que dejo de hacer por regresar a insistir que hagan ustedes su trabajo no cabe en su mente ni en la de nadie que “trabaje” aquí ni en las de todos juntos.

Le advertí que, si no hacían la reconexión ese mismo día, dejarían pasar el fin de semana y, además de negligencia, sería dolo, mala leche, ganas de chingar…

Contestó de nuevo que eso dependía de que los técnicos regresaran a tiempo.

Como el día anterior, cuando yo salía de la sucursal, llegó un camión de la CFE y luego una camioneta. Idéntica escena. Así que ambos días regresaron los técnicos a tiempo.

Pero tampoco el viernes hubo reconexión.

El sábado a mediodía hice ejercicio en el parque de El Calvario y pasó junto a la cancha una camioneta de la CFE, por lo que supe, y lo confirmé después, que también “trabajan” los sábados (cubren su horario paseando como la policía municipal).

Pero esa camioneta no iba ni fue a mi casa, de modo que sábado y domingo no tuve electricidad.

El lunes, para que no hubiera ni la más mínima duda respecto a la huevonada y al dolo, tampoco hicieron la reconexión.

El martes a las 9:30 escuché el regreso de la electricidad y un grito en la calle a diez metros de mi casa: “¡Ya hay luz!” Como si la pequeñez infrahumana se burlara desde lejos para dejar clara también su cobardía.

Cuando fueron dizque a reconectar el servicio y resultó necesario cambiar el medidor, nadie tocó a la puerta de mi casa para informarme nada…

En suma, cinco días sin electricidad, 120 horas en las cuales se descompuso la comida: quesos, queso crema, yogur, pescado, comida preparada… con un costo entre 400 y 500 pesos.

Las pérdidas por el trabajo que no pude hacer en esos cinco días prefiero no publicarlas porque nadie las creería.

Uno de mis burós quedó con rastros imborrables de las velas consumidas.

Un intento de reparar con KolaLoka y luz insuficiente la carcaza y el arnés de mi cámara deportiva estropeó carcaza y arnés, además de manchar para siempre la barra de mi cocina.

En fin.

El recibo respectivo nunca llegó.

Y todavía nadie me ofrece una disculpa ni una explicación ni nada…

Antecedentes :

Durante un mes, entre finales de mayo y finales de junio de 2015, no tuve electricidad.

Tuve que dormir en hotel y comer en la calle, yendo todos los días a mi casa para dar de comer y beber a mi perra, levantar su caca y regresar al hotel, que resultó el peor de Huichapan y lo hice público en su momento.

Aquella vez me enviaron el recibo con retraso, precisamente el día del corte.

Pagué en el cajero automático de Bancomer para llegar antes que a la sucursal de la CFE y llamé por teléfono desde la caseta pública más cercana para informar y que no me cortaran la luz.

El que tomó la llamada me dijo con quién debía yo hablar (por ahí tengo sus nombres anotados), le pedí que me comunicara con ella y me dejó 15 minutos esperando.

Colgué, llamé de nuevo y, 10 minutos antes de que terminara su horario de trabajo, ya se habían ido.

Cuando regresé a casa ya no tenía luz.

Y desde ese momento negaron que el servicio estuviera suspendido: decían que yo debía cambiar algo descompuesto.

De allí pasaron a su habitual disfunción burocrática-oligofrénica:

“Tiene que ir a Tula o Pachuca”.

Así, sin saber a cuál de los dos lugares ni por qué ni para qué.

Y todos colgaban el teléfono en cuanto yo expresaba el más mínimo enojo por las sandeces que me contestaban.

Un día salí furioso luego de lidiar con la discapacidad de todos en esa porquería de sucursal, y hablé con un técnico a las afueras de las oficinas.

El técnico me informó de las reglas que podía saltarse con una mochada…

No era necesario que yo estuviera en casa para que me devolvieran el servicio, pero una de sus incontables excusas era que yo no estaba presente, así que acordé cinco veces el día y la hora para recibirlos y las cinco veces, que pagué taxi para ahorrar tiempo, fui a esperar en vano.

Yo hacía mi trabajo en el cuarto de hotel y dejaba de hacerlo para ir a casa, esperar en vano y regresar.

Alcanzaron el récord Guinness en todos los sentidos por debajo del cero: negativos.

Al final me devolvieran el servicio sin una disculpa, una explicación, ni la más mínima, y obviamente sin resarcir el daño, sin cubrir el costo de la negligencia y el dolo en tiempo, dinero y salud.

El proyecto profesional que sabotearon es demasiado grande para publicarlo aquí.

* * *

Antes y después de “vivir” un mes sin luz he padecido más de una vez la reproducción del mismo esquema.

Una vez tuve que pagar dos veces, tanto en Bancomer como en CFE.

Como todo Huichapan recordará, el cajero automático estuvo descompuesto medio año.

La ocasión que llegué a pagar perseguido por un viejo loco y violento es de antología: los dos empleados que protagonizaron aquel episodio son representativos de la máxima inutilidad posible (para decirlo con palabras demasiado suaves).

En esta ocasión, confirmé y documenté en video que los burócratas de las oficinas más inmediatas y accesibles nunca jamás entienden nada a la primera. Más que aturdidos y embrutecidos, parece que tuvieran consigna.

Mi calle suele quedar sin electricidad hasta que me apersono en la sucursal (lo cual habla también de mis vecinos, que jamás han movido un dedo al respecto en más de una década).

Y así puedo seguir hasta que, por su extensión, nadie quiera leer este chorizo.

Y así seguirá siendo todo mientras exista la complicidad implícita de quienes toleran y aceptan esta mierda, la dejan pasar y jamás han hecho ni harán una denuncia pública.

* * *

Una cosa es asumir el descuido y el error de no pagar a tiempo, y otra muy distinta es tolerar que la imbecilidad pública no tenga límites, o sea, que la función pública prefiera ser oligofrenia infinita por su impunidad a falta de sanciones.

Todos estos hechos ameritan despido como paso previo a la inhabilitación para ejercer un cargo público (así sea el de simples gatos que son), de por vida en determinados casos, que también ameritan cárcel o, en su defecto, aplicación de la Ley del Talión.

Los perros de Huichapan, Hidalgo


En Huichapan, Hidalgo, como quizás en todas partes de México, existe sobrepoblación de perros y gatos, con la particularidad de que aquí abunda gente que los mata como deporte para sentirse valiente porque es cobarde y tiene miedo a todo. Este pueblo es la capital internacional del miedo. Tanto perros y gatos que viven en la calle como perros y gatos con dueños y familias son asesinados en el menor descuido a balazos, machetazos, golpes con palos, tubos, picos y palas, envenenados o deliberadamente atropellados, además de los accidentes más o menos esporádicos. Los dueños de perros y gatos asesinados asumen una pasividad no menos cobarde.

El Centro de Control Canino (la perrera, como se le conoce coloquialmente) hace razias y “sacrificios”, inclusive de perros con familia. Se habla de un rastro de perros y gatos que nutre de carne a las carnicerías y taquerías infrahumanas de Huichapan y sus alrededores; es un secreto a voces, y cabe sospechar que opera desde la presidencia municipal o por lo menos con su connivencia.

En Huichapan es costumbre y tradición el abandono de mascotas: los domingos, gente de las comunidades y rancherías baja en sus camionetas al centro y deja libres a sus perros en la parque, aparentemente para que convivan con otros perros, pero allí los deja y vuelve a sus casas, desembarazada. Los perros traicionados así no saben cómo regresar por su propio pie a su antigua casa, que ahora es la vía pública, sobre todo el parque principal, en donde duermen o dormitan día y noche, deprimidos al saberse abandonados. Algunos buscan el camino de regreso a casa y se pierden en la desolación de áreas baldías, donde se guarecen hasta que son asesinados por la barbarie oligofrénica o atrapados por la perrera.

Otra forma huichapeña de abandono es llevar a los gatos en carro lo más lejos posible de su casa y dejarlos allí, en el campo.

También es frecuente que esta chusma tire animales vivos a la basura, que eche a cachorros de perros y gatos al contenedor…

Tampoco es raro ver gente apedreando a un perro por el miedo cobarde que la caracteriza, y creyendo que su propio comportamiento es normal. Ese comportamiento no hace distinciones entre perros “finos” y “corrientes” ni entre adultos y cachorros ni entre razas grandes y pequeñas, aunque los adultos de razas grandes reciben la peor parte.

En general, la gente que tiene perros nunca los educa ni sabe que tiene la obligación de educarlos y mucho menos tiene una mínima idea de cómo educar a un perro. Algo típico del huichapeño es repetir la palabra “educación” sin contexto y con deshonestidad. Cuanto más ignorante y deshonesto es alguien más veces repite la palabra “educación”. Parece una compulsión colectiva-identificadora. Pero, volviendo al tema, sus perros ladran durante horas, a veces todo el día, o desde la noche hasta la madrugada, sin que los señores muevan un dedo. La indolencia en estos casos es de muertos vivientes. Además, los sacan a cagar y no levantan sus heces, las dejan en la vía pública para que todos las respiremos, o dejan libres a sus perros un rato para que defequen y regresen a casa una vez evacuada su mierda en la calle. Si los matan, ni modo. Tampoco las “autoridades” mueven un dedo al respecto ni para ningún otro asunto.

Todos los “veterinarios” de Huichapan son negligentes y criminales, deberían estar en la cárcel o, por lo menos, revocar su licencia médica. Nadie merece un ápice de confianza. Cuando se trata de salud en cualquiera de sus aspectos, sea de personas o animales, hay que salir de Huichapan. El veterinario más recomendable de la región, por no decir el único, se encuentra en San Juan del Río, Querétaro.

En las tiendas que venden alimento para perros y gatos, los dueños y empleados confunden raza con edad y algunos creen que los perros cambian de raza con los años, que las razas pequeñas crecen cuando los cachorros pasan a ser adultos. Si pido croquetas para cachorro de raza grande se hacen unas bolas marca Diablo. Existe inclusive la joya de “raza adulta”… y no hay manera de que entiendan la diferencia.

Quizá como en el resto de la provincia mexicana, en Huichapan es también costumbre y tradición la pirotecnia, que aquí parece aspirar al Récord Guinness en días festivos y agrede sobre todo a los perros, especialmente a los de razas pequeñas y los perros débiles por alguna enfermedad, que a veces no resisten el estrés y mueren como efecto culminante del estruendo. La feria del Calvario es un calvario de contaminación acústica y tanto el desgobierno municipal como el pueblo desgobernado consideran este ruido sociopático y criminal como algo muy alegre… Los vecinos del barrio El Calvario somos los más afectados y, además de torturar a perros y gatos, el ruido mata pájaros y murciélagos, que a nadie interesan.

En la época de las granjas porcícolas que terminaron clausuradas por múltiples y públicas razones, cuando los perros callejeros se acercaban eran asesinados a balazos por los “cuidadores” y nadie levantaba los cadáveres, alguien les echaba cal y allí se quedaban, como los puercos…

Yo reporté nada más durante tres semanas el cadáver de un perro en el camino a La Sabinita, y nadie del ayuntamiento movió un dedo para nada, hasta que la genial Caposa dejó correr agua en cantidades industriales por el canal, esparciendo también la contaminación del cadáver por toda la zona.

También reporté y hasta hice público el cadáver de un gato a las afueras de una escuela primaria, y el cadáver apestó cada vez más durante semanas sin que Protección Civil desmintiera con hechos la fama de su inutilidad parasitaria.

En Huichapan existe un refugio para perros (ignoro si también para otras especies de animales), pero tampoco inspira confianza, pues está en una granja de la familia Siordia, que es una de las más deshonestas y dañinas de Huichapan.

Una contradicción reciente: cada vez hay más recipientes tubulares para croquetas y agua en las calles de Huichapan. Algunos perros callejeros se aglomeran en la banqueta cuando hay alimento en esos recipientes, que a veces están vacíos, pero basta observar durante unos minutos a quienes pasan por allí para saber que, al menos en Huichapan, será necesario el advenimiento de varias generaciones antes de que la gente sepa compartir la vía pública con los perros, que ahora son mal vistos, como si afearan la calle y la ensuciaran, como si fueran agresivos y peligrosos, como si estuvieran enfermos y nos contagiaran su enfermedad… En fin, estupidez, ignorancia y mezquindad.

Existen dos lugares en Huichapan, ambos en El Calvario, donde abundan gatos (uno de esos lugares es la calle donde “vivo”) y paradójicamente hay también dos señoras ancianas y pobres que los alimentan.

Personalmente, advierto que, a diferencia de la sensibilidad canina, de la empatía y la solidaridad humanas, el tamaño de la hostilidad hacia la mejor de las especies animales por parte de la peor, esa que se autodenomina “de razón” o racional, es inversamente proporcional al tamaño de su alma y su capacidad mental. Cuanto menor es ésta, mayor es aquélla.

Así las cosas en este “pueblo mágico”, mas bien trágico por ser quizás el peor del mundo para los animales en general y los perros en particular.

Información complementaria y actualización :

La perrera de Huichapan mata a los perros electrocutándolos porque el ayuntamiento no asigna presupuesto para inyectar sobredosis de anestesia, como debería ser el protocolo de «sacrificio humanitario». La realidad es que amarran al perro, enchufan un cable introduciendo el extremo metálico por el ano y conectan otro cable con pinzas al hocico, mojan al perro y el piso, y lo electrocutan.

Algunos huichapeños llevan a sus perros a la perrera para que los maten porque ya no los quieren, cuando enferman, por ejemplo. Si “dormir” a un gato con anestesia cuesta 150 pesos en una clínica veterinaria, electrocutar a un perro puede ahorrarles a los dueños entre 300 y 500 pesos que son más importantes para ellos.


Huichapan, Hidalgo: aterrizaje forzoso de la pandemia

Mes y medio después de que fuera detectada en México la variante del coronavirus llamada ómicron, la pandemia mundial alcanzó un récord nacional de 60 mil 552 nuevos contagios en 24 horas (enero 19). Dos semanas después (febrero 2), el número de contagios superó los 42 mil en un día. El 10 de febrero, México registró 927 decesos por covid-19 en 24 horas, la cifra más alta en esta “cuarta ola” que, según el optimista subsecretario de la negligencia criminal, “va a la baja y así se mantendrá hasta su completa desaparición” (¡sic!).

En México, el número de casos confirmados supera los cinco millones. Las “muertes asociadas” rebasan los 324 mil. Todo según cifras oficiales que, para ser creíbles, hay que multiplicar… A pesar de las vacunas, la pandemia crece y avanza, la situación empeora, los problemas se complican, pero al ocurrir disminuciones momentáneas en los números de contagios como sucede ahora, la imbecilidad en masa tiene luz verde y las declaraciones oficiales son cuentas y cuentos alegres. La estrategia gubernamental es declarativa y, en vez de enfrentar la pandemia, induce la opinión pública. La negligencia, la irresponsabilidad, el engaño, inclusive un optimismo entre oligofrénico y descaradamente criminal, siguen siendo el tenor sin rectificación ni variación alguna. Todos los cálculos públicos o presentados como tales por López-Gatell son deliberadamente erróneos, equivocados, o sea, falsos. Como la inteligencia en México es minoritaria, no parece preocuparle al desgobierno si la ofende. Lo que importa y donde los cálculos no fallan es el país de masas que votan y agradecen su adicción a las dádivas.

El “presidente” (así, entre comillas) ha contraído el virus dos veces y sigue sin usar tapabocas ni siquiera durante sus baños de pueblo, contagiando a la mayor cantidad posible de gente y dando un pésimo ejemplo a dichas masas, que no son encefálicas, sino anti-encefálicas y acéfalas. El subsecretario popularmente apodado «Doctor Muerte», que también ha contraído el virus, tampoco se tapa la boca (se la debimos tapar antes de que dijera la primera mentira) y, para acabar pronto, debería estar en la cárcel junto con sus jefes.

* * *

En Huichapan, Hidalgo, que es un pueblo representativo de la ignorancia y la estupidez mexicanas, el ayuntamiento reproduce con ruidoso entusiasmo la negligencia criminal de los López (Obrador y Gatell), al permitir y hasta organizar grandes fiestas cada semana. Si algo bueno tenía la pandemia era que nos libraba de la contaminación sonora, que abunda en este municipio y es violatoria de la Ley para la Protección al Ambiente del Estado de Hidalgo.

Pero entre desgobierno y desgobernados no existen diferencias en cuanto a cultura cívica y otros rubros de la convivencia. Dos años de pandemia no son suficientes para que la gente aprenda, entre otras cosas, a usar el cubrebocas (llevarlo en el cuello no es usarlo, usarlo con la nariz descubierta no sirve para nada) ni a guardar su “sana distancia”. En las tiendas, los huichapeños se acercan sin el más mínimo cuidado y sin necesidad alguna, inclusive se apretujan, se tocan unos a otros las espaldas y, en los casos más grotescos, se saludan con besos en la cara. Tanto en plazas y calles como en los parques nunca falta el descerebrado que fuma (lo cual hace hasta la policía municipal, vergonzoso paradigma de la inutilidad parasitaria).

Entre las sandeces que hay que padecer durante las esperas está la siguiente joya: “Ojalá que haya feria del Calvario para que haya ventas. La pandemia ya está controlada, es una enfermedad de temporada” (¡sic!).

Así todo por el estilo en esta capital de la oligofrenia, con un palacio impecable y unos baños saturados de mierda en el parque infantil junto a la cancha y casi junto al Lienzo Charro, que también apesta desde hace meses a mierda en abundancia, como cuando las granjas de Osorio Chong y compañía hicieron crisis. El lugar y sus alrededores son una plétora de mierda canina y hasta humana porque la gente (que no es gente ni es humana, sino gentuza infrahumana) prefiere cagar en la vía pública, inclusive a las afueras de la escuela primaria, que en los baños repelentes, y el desgobierno prefiere cerrar esos baños con llave a lavarlos. También el camino a la Sabinita es un camino de mierda…

El tema está directamente relacionado con el comportamiento huichapeño en tiempos de pandemia, y la conclusión es lamentable: aquí no existe cultura cívica ni sabe nadie con qué se come; tampoco existe una mínima conciencia respecto a la salud en general.

Alguien me dijo que el hospital municipal está saturado y es el principal foco de covid-19 a nivel local, lo cual no he confirmado ni lo haré porque no tengo tiempo ni ganas.

Lo seguro es que Huichapan es un ejemplo de todo lo que no se debe hacer y se hace hasta con orgullo mexicano.

A nivel nacional, el regreso a “clases presenciales” supone mandar a los niños al matadero, por lo que deberían negarse todos los padres y las madres conscientes y con un ápice de respeto a la vida, por no hablar de amor al prójimo, empezando por sus hijos.

En Huichapan, Hidalgo, el colmo será que, después de todo, haya feria del Calvario y la turba fanatizada y embrutecida se aglomere al grito de: ¡Viva la muerte y la imbecilidad sin límites ni remedio! ¡Sí! ¡Muera México! ¡El semáforo está en verde!

Bodega Aurrerá: La campeona de los precios altos


Ampliación y remodelación inflacionarias

—¡Bodega Aurrerá! ¡La campeona indiscutible de los precios bajos! —exclama la grabación de un carro de sonido que recorre Huichapan, Hidalgo, para que la gente no deje de hacer sus compras en esa tienda y, de paso, pague la reciente ampliación y remodelación.

Veamos qué tan “bajos” son los precios de la “campeona” en ese rubro, que ahora se dice “indiscutible”.

Una pareja de “escasos recursos” que hacía sus compras allí recuerda que el frasco de Mayonesa McCormick con 725 gramos costaba $45.00 y ahora cuesta $55.00, así que su precio se elevó más del 22%. El aceite Nutrioli de 850 mililitros subió de $34.00 a $46.00, más del 35%. El jabón en polvo marca 1-2-3 costaba $15.00 y ahora cuesta $20.00 (subió más del 33%). El jabón Johnsons de 70 gramos subió de $12.00 a $17.00, más del 41%. “Jaboncito para el niño” (no especifica marca) costaba $14.00 y ahora $20.00, o sea que subió casi el 43%. El cloro de 3 litros (no especifica marca) subió de $28.00 a $37.00, más de 32%.

Todo lo anterior costaba, en suma, $148.00 y ahora cuesta $195.00, así que la diferencia es de $47.00. El promedio de aumento en los precios de estas compras es 35%.

Por su parte, algunos encuestados a las afueras de la tienda informaron que todos o la mayoría de los productos de la canasta básica subieron de precio: el azúcar, por ejemplo…

La leche y el aceite de cocina, independientemente de las marcas, son más caros en Aurrerá que en cualquier otro lado.

El pan Bimbo costaba $33.00 o $34.00 y ahora cuesta casi $40.00 (20% de aumento). Una cubeta de helado costaba $105.00 y ahora cuesta $150.00 (44% de aumento nomás).

La leche en polvo marca Nido, el café instantáneo marca Nescafé… productos de limpieza como Suavitel, Fabuloso, jabón para trastes, jabón de baño, papel higiénico… ¡todo es más caro!

El insecticida marca Raid costaba $55.00 antes de la remodelación y ahora cuesta $77.00 (40% de aumento). El shampoo Head and Shoulders Men costaba $70.00 y ahora cuesta $100.00 (43% de aumento nada más).

El blanqueador Cloralex de 3.75 litros cuesta $38.00 en una tiendita miscelánea, $39.00 en Walmart Súper y $45.00 en Walmart Express. Bodega Aurrerá, que pertenece a Walmart, antes de su reapertura en este “pueblo mágico” ofrecía el mismo producto en $39.00 y ahora lo vende en $45.00, como en la versión de la misma cadena para un público de alto nivel socioeconómico. El precio aumentó más del 15%.

Desde mucho antes de la remodelación y ampliación de Bodega Aurrerá en Huichapan, Hidalgo, comer pescado se fue convirtiendo en un lujo con precios cada vez más prohibitivos: cien pesos el kilo de pescado aleta basa blanco, $114.00 el kilo de pescado filete de tilapia (hasta en un restaurante resulta menos costoso un platillo de pescado con guarnición).

En tiendas como 3B y Casa Vargas la mayoría de los precios son mejores que en Aurrerá, consideran los encuestados (aunque yo no recomiendo Casa Vargas, que viola sistemáticamente la Ley Federal del Consumidor al ocultar el peso de los productos a granel, o lo hizo durante años… y no creo que haya dejado de hacerlo).

Raulito Bodegas y Abarrotes venden víveres en general a mejores precios también, sobre todo comprando al mayoreo: comida enlatada, productos lácteos, granola, clínex…

En Aurrerá, todos los productos de “marca propia” se caracterizan por una calidad notoriamente inferior a los de otras marcas y ni siquiera en esos casos los precios son mejores. El gel de alcohol, por ejemplo, cuesta cien pesos el litro, que es el precio promedio en Huichapan, con excepción de la tienda 3B, en donde cuesta $75.00 el litro, el mejor precio de todos, con una calidad aceptable.

Entre los productos de “marca propia”, lo que dice ser “ajo en polvo”, por ejemplo, es más bien polvo de madera con un poco de ajo y sal, cosa que deberían sancionar la Secretaría de Salud y la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) en vez de ser esta última un paradigma burocrático de inutilidad parasitaria.

* * *

A la elevación de los precios hay que agregar la negligencia: cuando la pandemia por covid amenaza con una nueva marea por la enésima variante del virus letal, tanto empleados como clientes de Bodega Aurrerá se comportan como si no estuvieran enterados de nada.

Nadie nunca vigila que la gente se ponga gel en las manos antes de entrar. El depósito está por fuera y el vigilante adentro, generalmente atento a la pantalla de su teléfono móvil. El termómetro o escáner de temperatura también está dentro, a varios metros de la puerta.

Ponerse gel en las manos y tomarse la temperatura es optativo: lo hacen quienes quieran hacerlo, digamos por consciencia y voluntad propia, no por obligación. Y no falta quien tampoco tenga ganas de usar mascarilla o cubrebocas (tenerlo en el mentón o en el cuello no es usarlo) ni se le antoje guardar sana distancia.

Pero una grabación con voz de mujer nos dice que, preocupada por la salud de todos, Bodega Aurrerá sigue “los protocolos de sanidad” en este aspecto.

Antes de la remodelación y reapertura del supermercado, Farmacia Guadalajara y Bodega Aurrerá, en ese orden, eran los establecimientos más responsables y serios de Huichapan respecto a la pandemia. Ahora, Bodega Aurrerá es uno de los establecimientos comerciales más irresponsables y negligentes que, por su magnitud, merece quizás el primer lugar en irresponsabilidad y negligencia.

[Continuará…]

Encuesta

¿Qué significan las palabras México y Huichapan?

La muestra compuesta por 50 encuestados es totalmente aleatoria.
De 50 encuestados en 36 tomas, sólo dos supieron lo que significa México, y sólo una supo lo que significa Huichapan.
A la mayoría le dije —antes o después de apagar la cámara— lo que significa Huichapan y en qué idioma, pero hubo una minoría que no mostró ni el más mínimo interés al respecto y ni siquiera me permitió decírselo.
El significado de México, en cambio, no se lo dije a nadie para medir también el interés o la curiosidad, y nomás una persona me preguntó lo que significa esa palabra. Los 47 restantes optaron por seguir en la ignorancia.
La mayoría contestó que no sabía, pero una minoría dio 24 respuestas equivocadas, sobre todo a la segunda pregunta.
Llama la atención una confusión generalizada: creer que Huichapan significa —palabras más o menos— «lugar abundante de agua», en ñañú o ñato-ñañú, que la mayoría llama «otomí».

Huichapan es tierra originalmente ñañú, pero el pueblo ñañú fue desplazado por los toltecas, que llamaron Hueychapan al lugar.
Hueychapan significa, en efecto, «abundancia de agua», pero Huichapan es otra palabra y tiene otro significado. Ambos nombres provienen del náhuatl, que era el idioma de los toltecas.
¿Por qué entonces los huichapenses ignoran este dato o lo confunden?

La ignorancia y el desinterés por lo que significa el nombre de México se debe a que dicho significado no tiene aplicación práctica en ningún momento de nuestra vida, pero eso es así en parte y de allí se desprenden más preguntas que respuestas.
¿Qué opinas tú?
Las causas de la confusión respecto al nombre de Huichapan y al idioma están en la naturaleza de los huichapenses, lo cual es harina para otro video.
Lo seguro es que Huichapan demuestra, entre otras cosas, que ser mayoría no implica tener la razón.

Metztli Xictli Co
El vocablo «metztli» significa luna, «xictli» es ombligo o centro, y «co» es el sufijo de lugar. La frase resumida en una palabra se traduce como «lugar en el ombligo de la luna» o simplemente «en el ombligo de la luna», para evitar el pleonasmo.
La palabra Huichapan, como hemos dicho, proviene también del náhuatl, con las raíces «huexotl» (sauce) y «atl» (río), que unidas se traducen como «río de sauces».
Hueychapan tampoco es ñañú y mucho menos «otomí».
«Otomí» es una palabra colonial. Al pueblo ñañú o ñato-ñañú no le gusta que lo llamen «otomí», lo considera una falta de respeto.


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Denuncia censurada

En primer plano, el engendro mutante, sociópata y criminal, y al fondo, su fábrica rodante de contaminación enfermante y asesina.

El texto siguiente fue publicado dos veces en Facebook, que lo eliminó por infringir sus “normas comunitarias”. En la primera versión, yo daba a conocer la dirección postal del personaje, objeto de esta denuncia, lo cual corregí en la segunda versión. Publicada al día siguiente, esta segunda versión fue también eliminada, ahora por “bullying”. En consecuencia, la repito aquí sin cambiar ni una coma, porque todo cuanto digo es válido.

Una vieja mutante, sociópata y criminal

Dice llamarse Cecilia Cervantes y tener 50 años de edad. Dice también ser “maestra” como si tuviera una maestría cuando en realidad es analfabeta, ignora deliberadamente y reintenta el significado de las palabras según convenga. Conduce un Chevrolet Chevy de color azul oscuro, placas HKK-701-A, con el que produce y arroja todos los días, varias veces al día, contaminación venenosa en cantidades industriales, principalmente al encender el vehículo.

Por el tiempo que tiene, viciando, envenenando, haciendo irrespirable el aire de todos, es obvio que no ha hecho la verificación de su carcacha desde hace años, y por su nivel submental, cabe sospechar que no cuenta con licencia de conductor.

Entre su casa y la mía, la distancia es de unos cuentos metros, lo que mide el ancho de otra casa como las nuestras.

Este problema ha empeorado hasta un punto intolerable y criminal. Si hago algo en mi patio, y la vecina contaminante llega en carro o lo enciende para salir, tengo que encerrarme corriendo para protegerme de su veneno (monóxido de carbono, entre otras cosas). No puedo ventilar mi casa libremente ni lo mínimo necesario porque los ataques de contaminación concentrada, como he dicho, suceden a diario, varias veces al día y sin horarios. Cuando ventilo un rato mi casa tengo que estar al pendiente de la salida y el regreso de la mutante para cerrar las ventanas en chinga. Tampoco puedo hacer ejercicio ni tomar el sol en mi patio, lo cual es vital para mi salud física y mental por razones que no informaré aquí.

He intentado repeler esta contaminación con ventiladores, pero ni siquiera la noche entera es tiempo suficiente para disiparla. Si no hay viento, el aire hiede a gasolina quemada y otros miasmas tóxicos todo el tiempo.

Unas veces, el coche contaminante no enciende a la primera. Otras veces, ella mete hasta el fondo el acelerador y literalmente produce una nube de humo verde que, al dispersarse, respiran también quienes se encuentren en el entorno cercano y no tan cercano. No es exagerado decir —pero los ignorantes más ignorantes ignoran— que la contaminación en masa jode la vida de todos (gente, animales y plantas) en todos lados, sin importar la distancia. Y en este caso, la fábrica de tal contaminación es rodante, circula por Huichapan, envenenándonos a todos con impunidad campante.

* * *

El pasado lunes intenté hablar al respecto con la susodicha y cometí el error de ser amable y respetuoso con ella, explicándole todo lo que pensaría por sí mismo un ser pensante, valga la redundancia, pero esta bestia resultó infrahumana, oligofrénica, mitómana, sociópata y cobarde, como era de esperar, porque además tiene un largo historial de antecedentes con esquemas y patrones de comportamiento no menos egoísta, deshonesto y hasta criminal:

Para empezar, ella y los demás habitantes de la misma casa dejan escapar gas durante meses y en grandes cantidades; lo han hecho más de una vez, incontables veces. Hace dos años y medio, cuando denuncié la negligencia criminal de esta gente y la tácita complicidad, también por negligencia criminal, de Protección Civil, alguien comentó al pie de mi publicación en un grupo de Facebook que el gas llegaba hasta la escuela primaria de El Calvario, frente al Lienzo Charro, así que los alumnos lo respiraban, hecho que obviamente confirmé: desde allí se percibía esta otra contaminación, también altamente tóxica y que afecta sobre todo a niños y ancianos.

La vecina mutante y quienes habitan la misma casa tienen dos perros del tamaño de sus propios cerebros, o sea, miniaturas, que ladran durante horas, a veces días enteros, sin que nadie mueva un dedo. Los ladridos son histéricos y agudos, o sea, estresantes y punto menos que insoportables para cualquiera con un ápice de sensibilidad. Además, los dueños dejan salir un rato a sus monstruitos para que defequen en la vía pública y nadie levante las heces fecales que también respiramos todos. El cinismo de esta gentuza es tal que a veces gritan a los cuarto vientos: “¡Ya se salió Rayno a hacer sus necesidades!” Pero en la discusión que tuvimos, la vieja negó los hechos. En toda la calle, incluidos los terrenos baldíos, abunda mierda canina como rastro de perros de razas pequeñas, incluidas las de tamaño miniatura (como sus dueños), suciedad pestilente y enfermante que, huelga decirlo, cualquiera puede ver y oler.

Durante años, estos animales (me refiero a las desquiciadas mascotas de los otros animales, también irracionales) invadieron mi casa para cagar en mi patio, y dejaron de hacerlo hasta que, hace poco, empecé a dejar un plato de croquetas revueltas con veneno para ratas, asegurándome de que los dueños lo supieran.

Inclusive a la puerta de mi casa, cuando salgo, los monstruitos atacan a veces, mordiendo mis zapatos, gruñendo y ladrando con furia demencial, así como la ignorancia de que una patada mía puede fracturarles el cuello y el cráneo, causar estallamiento de sus órganos internos, y matarlos…

También a veces, durante unos días, la familia mutante alberga perros cachorros de razas grandes (cabe sospechar que los adoptan para venderlos) y, en una ocasión, tuvieron al cachorro encadenado a la reja, casi estrangulándolo, y el cachorro ladró, lloró y protestó más de seis horas, hasta que, libre de lo que me impedía salir de casa, pude asomarme. Creí que lo habían dejado solo y yo haría lo necesario por el pobre animal, pero me sorprendió un espectáculo indignante: toda la familia estaba presente y todos en lo suyo, el niño jugando a la pelota con alegre indiferencia, como siempre, las mujeres riendo a carcajadas… Ningún otro vecino movió un dedo, porque todos aquí son de la misma especie: insensible, indolente, apática, egoísta y estúpida. Reclamé furioso, y la vieja, sin dejar de reír y sonreír en ningún momento, desencadenó al perro y se justificó: “Es que no tenemos tiempo”.

—¡Entonces tampoco tengan perros!

* * *

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, relacionaré aquí unas cuantas mentiras y sandeces que me contestó en la discusión del pasado lunes y que balbuceó más tarde ante la policía estatal que la visitó a petición mía:

1. Primero dijo que no arregla su carro porque no tiene dinero (como cualquiera puede ver, empezó a construir un segundo piso en su casa, pero dejar de joder la vida de los demás no es prioridad).

2. Luego dijo que el coche no es suyo: “Si fuera mío, lo arreglaría”.

3. Como evasiones oligofrénicas, deshonestas y cobardes, intentó las siguientes:

a) “¿Y por qué usted no reporta cuando queman basura?”

b) “¿Y su música? Envenena el oído”.

4. Los ladridos de los perros son para saber que alguien anda cerca. “También a usted le ladran”.

5. Mientras discutíamos, uno de sus monstruitos defecaba en la calle, lo cual vi hasta el día siguiente, al revisar el video (que haré púbico en Instagram, Twitter y YouTube cuando tenga tiempo y ganas). Como evidencia de que la deshonestidad no termina en donde comienza la oligofrenia, sino que hacen una grotesca simbiosis, la vecina volteó varias veces, muy tensa, para ver a su mascota cagando y negarlo tres minutos después. Al día siguiente regresé a ver si alguien había levantado esa mierda y allí seguía (siempre hago registro videográfico).

6. A la policía le dijo: “Lo que pasa es que el señor es muy delicado”, tanto como para defenderme de agresiones criminales que atentan contra mi salud y mi vida, mientras que ella chilla por “malas palabras”.

7. También dijo que yo rompía botellas con dardos, pero ella no sabía si eran botellas ni sabía si eran dardos ni sabía si las rompía o qué hacía yo… el caso es que soy el malo y muy malo.

8. También dijo que llevaron a su casa un “paquete de Estafeta” para mí, pero ella se negó a recibirlo (¡eso sí que habla horriblemente de mi horrible persona!) porque ya ven como soy de malo, bien malo.

9. Dijo que tiene un hijo con “capacidades diferentes”, implicando que eso le daba derechos especiales, pero… “¿usted cree que yo dejaría escapar el gas, teniendo un hijo así?” A saber cuáles son las “capacidades diferentes” de su hijo, si ella no alcanza el más mínimo nivel de ninguna capacidad humana. Lo seguro es que lo envenena todos los días y luego se escuda en él como vil cobarde. Gentuza de semejante calaña no debería tener hijos ni perros y ni siquiera debería existir.

(Ese hijo también ha contribuido gravemente al historial de la vieja y su familia, pero me reservo por ahora el relato de su contribución).

10. Por último, la interfecta dijo que yo puedo hacer lo que me “haga sentir más a gusto” porque ella seguirá jodiendo cotidianamente la vida de todos: “Lo que nosotros queremos es respeto y paz” [por eso, durante ocho años en esta calle, hemos hecho todo lo posible para NO MERECER NINGÚN RESPETO Y NINGUNA PAZ].

(Continuará…)

Parodia

El siguiente diálogo entre dos “elementos” de la policía municipal es ficticio. Cualquier parecido con la realidad no es casualidad, sino coincidencia.

—Mira, pareja, tenemos un 911. Reportan que anda en la calle un viejo demente y violento, agrediendo a los perros y la gente, y ya hasta golpeó a alguien. ¿Cómo ves, pareja?

—Si anda un loco en la calle, pos que no salgan de sus casas y ya. ¿Pa’ qué nos llaman? Nosotros no tenemos la culpa.

—Tienes razón, pareja. Nomás nos hacen trabajar. Como si tuviéramos que hacer algo pa’ que nos paguen.

—¡Si de todos modos nos pagan! ¿Pa’ qué nos movemos?

—Además, nos podemos meternos en problemas. ¿Y qué necesidá, digo yo?

—Acuérdate que una vez tuvimos un 911, que andaba por las comunidades un tipo muy raro, con pasamontañas, un guante de púas metálicas en la mano y un perro grande. Fuimos a ver qué situación prevalecía y resultó que era un señor que hacía ejercicio con mascarilla deportiva y la cadena de su perro alrededor de la mano. Su perro era perra que ni mordía y nomás hicimos enojar al dueño, que dijo la palabra “paranoia” y nos hicimos bolas.

—¡Claro que me acuerdo! Nomás fuimos a perder el tiempo, tan ocupados que estábamos con el Pokemon.

—Hay que tener cuidado porque luego esos que sí conocen las leyes meten policías a la cárcel. Ahí anda uno creyéndose autoridá y resulta que ellos están mejor parados que el alcalde.

—¡Ni le muevas!

—Luego llaman al 911 porque un vecino está oyendo el radio a todo volumen. ¡Chale! Pos si está en su casa puede hacer lo que quiera, manque chingue a los demás en el entorno.

—Ya parece que vamos a pedirle que le baje el volumen a su radio.

—Que se pongan de acuerdo los vecinos… Qué necesidá de poner a trabajar la mente si nos hablan de la ley de cultura cívica y la de protección al medio ambiente. ¡Ni que fuéramos abogados!

—¡Qué hueva!

—Que se pongan de acuerdo o que presenten un escrito en la presidencia. Que hagan la queja correspondiente y respectiva.

—¡Simón! Que hagan lo conducente con apego a la normatividá vigente.

—Hasta porque unos dejan las cacas de sus perros en la vía pública otros quieren que sacudamos la polilla.

—¡Chales! ¡Pinches mamones!

—La otra vez nos llamaron del 911 quesque unos albañiles estaban rompiendo la casa de junto a la obra que hacían. ¿Y qué tal si tenían permiso de construcción? ¡Están haciendo su trabajo! El permiso de construcción permite la destrucción de las casas de junto, pienso yo porque en la escuela primaria nomás nos embrutecieron con la “banda de guerra”, los “honores a la bandera” y todo eso. Ni sumar aprendimos.

—Además, el constructor luego tiene arreglos con Obras Públicas, mochada mediante, o es pariente o compadre o amigo, y ahí vamos nosotros de pendejos nomás pa’ que aluego nos arregañen.

—Pos como dice el regidor: “Si hacemos algo, nos pueden ademandar como autoridá”.

—Si el edil no trabaja ni da la cara, se dedica nomás a esconderse, ¿por qué vamos a trabajar nosotros?

—¡A huevo, pareja! ¿Qué nos van a dar un premio?

—Pa’ la miseria que nos pagan.

—Por hacer nada es mucho.

—¡Ni madres! Hay que acompletar con la gasofia, cambiamos los vales por dinero y compramos la gasofia con el huachicolero, así nos ahorramos una lana.

—¡Sífilis, mi gonorrea! ¡Ya parece que vamos a proceder contra el que nos beneficia.

—¡Órales, pareja! ¡Qué bien hablas! ¡Hasta parece que sí estudiastes! Nomás no te pongas consciente porque me cais gordo. ¿Cómo está eso de que “por hacer nada es mucho”.

—¡Era broma, pareja! ¡Nomás una cuchufleta! ¡Si hacemos ritiharto! ¡Nos damos nuestras vueltecitas, como si estuviéramos bien buenos! ¡Y hacemos sacrificios! ¡Tenemos que dejar un rato el Pokemon!

—¡Y la cháchara!

—¡Y el partido cuando juega el América!

—¡Ah, ni madres! ¡Eso no se sacrifica! ¡Eso es sagrado!

—Bueno, pareja. Me voy a echar una pestañita. Ahí me avisas si viene el cacarizo, el mutante o el brutus.

—Mejor si viene la mazacuata o el chóstomo.

—¡Chale! No me ande usté albureando. Ha de tener hambre.

—¡Jajajajajaja! Duérmase, pareja. Yo aquí me chateó con el 911 pa´ no despertarlo. Los del 911 también sirven ritiharto. ¡Jajajajajaja!

—Zzzzzzzzzzz.

* * *

—¡Mira, pareja! ¡Tenemos otro 911! ¡Reportan un asalto a mano armada en el OXXO!

—¡Chale, pareja! ¿Para eso me despiertas? Si es a mano armada, mejor no vamos. Luego están mejor armados que nosotros y esos güeyes no se tientan el corazón ni se detienen a ver si uno tiene familia. Te matan de a grapa. Mejor esperamos un rato a que se vayan y después llegamos nosotros, o mejor que llamen a la policía del estado.

—Ya rugistes, mi carnaval. Duérmase otro rato. Seguro estaba soñando que se sacaba la lotería del avión presidencial.

—Zzzzzzzzzzz.


La policía de Huichapan, Hidalgo, en su lucha contra el huachicol a plena luz del día y al pie del palacio municipal. Foto: Alerta Huichapan

Pesadilla por entregas

Ya informé bastante sobre la construcción contigua que, durante quince meses, ha destruido tanto mi casa como mi salud física y mental. Se trata de una simple barda. La casa tiene años construida y la mitad del tamaño que la mía.

El 10 de julio, con una desvergüenza de antología y el cinismo propio de la temeridad oligofrénica, vino un tal Jorge Flores a pedir permiso de cortar las ramas de mi árbol que hacían contacto con la cerca eléctrica. Por economía, luego de una serie de reclamos que no entendió, como si ni siquiera los oyera, le di permiso de cortar las ramas.

Le pregunté hasta cuándo seguirían haciendo su ruido insoportable y envenenando el aire que respiro, y contestó que nomás otros quince días.

—Entonces hasta el 25 de julio tienen de plazo para seguir chingando con sus pendejadas. Si después de esa fecha dan un martillazo más, se los voy a devolver junto con todos los anteriores, del modo que yo elija —advertí.

Ese mismo día hicieron todo el ruido posible (hasta para poner un tornillo usan máquinas de ruido) y echaron su pestilencia metálica y cancerígena, además de tíner y basura.

Horas después vi que no habían cortado las ramas de mi árbol: habían mutilado más de un metro del tronco.

Desde luego, haré efectiva mi advertencia, y ahora me siento con un derecho adicional: hacer con ellos lo que ellos hicieron con mi árbol, o sea, mutilarlos a machetazos.

El 22 de julio pusieron unas láminas de acrílico para proteger la cerca eléctrica, lo cual hace innecesario haber mutilado mi árbol. Y continuaron con su ruido, su pestilencia y toda su contaminación desquiciante… ¡hasta las once de la noche!

Esas láminas agravan lo que ya informé: que la barda obstruye la visibilidad desde la ventana de mi baño y obstruye también la ventilación y la luz solar. Además, apestan…

Cada vez está más claro que la oligofrenia desatada no termina jamás. Dentro de unos días tendrán otra ocurrencia pendeja y hasta demencial, y seguirán chingando mi vida y la de otros. Así, hasta que yo acabe con su violencia gigantesca, pero amparada en la pequeñez.

También me queda claro que todo cuanto hace o deja de hacer esta gentuza infrahumana tiene como única motivación el miedo, un miedo sin remedio y cuyo único límite es la muerte.

* * *

Huichapan, Hidalgo, a 23 de julio de 2020.

Hoy pagué mi consumo de energía eléctrica en el cajero automático de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Fui primero a las 16:30 horas e intenté pagar con un billete de 500 pesos, pero el cajero no acepta billetes mayores de 200.

Fui entonces al OXXO a comprar café y cambiar el billete.

(Por cierto, dicho sea entre paréntesis, es verdad que un letrero prohibe el paso a quien no use cubrebocas, pero los empleados no usan cubrebocas ni careta ni nada).

Regresé a la CFE y, en la esquina de su calle, un viejo flaco y moreno (1.70 de estatura) trataba de amedrentar a un perro callejero.

El viejo, al verme, dejó de agredir al perro, y mi perra Naomi se acercó a saludarlo, como suele hacer.

Cuando pasé junto al viejo, soltó un montón de cacayacas demenciales y cometí el error de detenerme, voltear a verlo y preguntarle qué decía.

Contestó preguntando si yo iba a echarle a Naomi para que lo mordiera.

Respondí que no, y estaba por seguir mi camino cuando el viejo gritó:

—¡Entonces vamos a rompernos la madre!

—Cálmate, anciano —le dije.

El viejo comenzó a boxear y yo, con la bolsa del café en una mano y la cadena de Naomi en la otra, insistí:

—Cálmate, pinche loco.

El viejo me dio un puñetazo en la cara, que ojalá no haya tocado más allá del cubrebocas.

Mi primer impulso fue reventarlo a patadas, pero me detuvo el peligro de que este facineroso fuera portador de Covid-19.

Él llevaba puesto un cubrebocas, pero se descubrió para pelear.

Seguí ordenándole que se calmara, alternando frases despectivas, pero el viejo enloquecía cada vez más.

—¡Yo también sé rajarme la madre! —gritó.

—Lo que tú digas, abuelo, pero mejor te calmas.

Un segundo impulso de soltar la bolsa de plástico y romperle algunos huesos lo reprimió mi conciencia de su demencia y su avanzada edad, que serían atenuantes de su agresión y factores en mi contra, al menos entre los testigos de su especie.

Caminé casi de espaldas, dándole siempre la cara, hasta la CFE.

Cuando llegué le pedí al guardia que llamara a la policía y le informé la situación con un rápido resumen (incluyendo el hecho de que yo no llevaba teléfono móvil).

El guardia me vio con cara de zombi y, sin levantarse de la silla, tampoco movió un dedo ni activó la más mínima neurona.

El viejo loco entró sin cubrebocas y saludó al guardia estrechándole la mano (entre amigos y similares no hay sana distancia ni la conocen).

El viejo (entre bipolar y actor con tablas) asumió papel de víctima tranquila y me acusó con el guardia:

—Este señor dice que me va a matar, que tiene mucho dinero y muchas influencias y mucho poder y me va matar.

—No mames, pinche psicótico-rabioso —le dije y pregunté al guardia si ya había llamado a la policía.

El guardia respondió que sí y le grité al viejo que guardara su distancia mientras yo pagaba mi consumo de energía eléctrica y llegaba la policía.

El guardia ordenó que nos fuéramos a la calle a discutir y le expliqué:

—Yo vengo a pagar y voy a pagar. No tengo nada que discutir con un loco ni contigo. ¿No dices que llamaste a la policía?

—No tengo por qué llamarla —contestó—. ¿Por qué no la llama usted?

—Ya te dije que no tengo teléfono móvil y te estoy pidiendo un favor que, desde cualquier punto de vista, tienes la obligación de hacerme. Llama a la policía para que no sea necesario romperle la madre a tu cuate, que está enfermo de la mente.

Entonces salió otro empleado, desplegando gran autoridad.

—¡Aquí no es para que vengan a pelear! ¡Váyanse a pelear a la calle! ¡Esta es propiedad privada! (sic)

—Yo vengo a pagar —le dije.

—¡Pues apúrese a pagar y váyase! —ordenó.

—Ni me apuro y me voy cuando quiera.

—¡Apúrese a pagar y váyase! —repitió con ingenioso talento y gran imaginación.

—Me voy cuando haya pagado y venga la policía. Si quieres que me vaya antes, trata de sacarme.

El segundo soltó una risita y le pregunté.

—¿De qué te ríes, pendejo?

—Yo no le estoy faltando al respeto —dijo como dicen en Huichapan todos los imbéciles, deshonestos y cobardes (o sea, los huichapeños, que no los huichapenses).

—Si me apuras y me corres y te ríes me faltas al respeto, pedazo de pendejo.

—Usted es el que dice groserías.

—¿Y qué esperabas? Causa y efecto. Si te duelen las “groserías” no las provoques.

Como buen huichapeño, se puso a hablar de “educación”.

Todo este intercambio ocurría mientras yo pagaba y el viejo loco hacía mutis.

Una vez que pagué, intenté calmarme y explicar que no era válido hablar de respeto ni de educación cuando alguien se apersonaba para pagar su consumo de energía eléctrica, perseguido por un loco violento que ya había pasado inclusive a los golpes y cuando los empleados no asumían un mínimo de solidaridad y empatía con el usuario agredido, sino complicidad con el agresor.

Mientras yo empezaba este alegato, el que salió después se puso a balbucir sandeces encima de lo que yo decía (entre otras cosas, escupió que yo debía llevarle un escrito, como si ahora el demente fuera él), y grité:

—¡Estoy hablando yo, carajo! ¡Ni puta idea tienen de lo que significa respeto y educación!

—Nosotros no decimos groserías —repitió.

—¡Felicidades, pinche par de inútiles!

Antes de salir, tardándome cuanto quería, me unté gel antibacterial que llevaba en la cangurera y le dije al huichapeño:

—Si oprimo “abonar”, el cajero me da cambio, y lo que hay en esta botella (una que decía gel) no es gel, sino agua con jabón.

—Pues entonces no se lo ponga —contestó.

—No me lo pongo —dije.

—Pues si no es gel, ¿entonces por qué se lo pone?

—Estoy poniéndome del mío, pinche ciego. ¿En dónde dejaste el cerebro?

—Sigue insultando y diciendo groserías —balbuceó.

—No se vayan a morir, pinches oligofrénicos-infinitesimales.

Risita.

Salí de allí furioso y pasé junto a una cafetería en donde pedí que llamaran al 911 para que llegara la policía municipal y no se quedaran así las cosas.

Hice un resumen de lo ocurrido y una mujer muy joven y muy gentil llamó, dio la información que le pidieron y yo proporcioné sobre la marcha.

Esperamos veinte minutos y la policía municipal nunca llegó.

Yo esperé diez minutos más en la calle y nada.

* * *

Si yo quisiera, obligaría a la CFE a darme el registro de las cámaras de seguridad para que la policía del estado identifique físicamente al anciano demente y violento, lo aprehenda y, si un juez considera que se trata de un peligro público, lo internen por algún tiempo en un hospital psiquiátrico.

Si yo quisiera, los dos empleados de la CFE se quedarían sin trabajo y sin otras cosas que no voy a mencionar.

Si yo quisiera, también haría público el interminable historial de pendejadas y chingaderas que, durante siete años y medio, ha cometido esta sucursal.

Si yo quisiera, la policía municipal tendría la debida sanción por su negligencia, su negación del servicio que debe prestar por obligación legal, ética y moral, si alguien se lo pide, y también se quedaría sin trabajo.

Si el viejo loco siguiera en la calle y yo quisiera correr el riesgo de que me contagie de Covid-19, en vista de que su enferma psicología no tiene remedio, lo mandaría directo a terapia intensiva.

* * *

Una última reflexión:

En Huichapan, ni la policía municipal ni protección civil ni los parásitos que infestan el palacio municipal sirven para nada; viven de nuestros impuestos sin trabajar y violando la Ley todos los días con campante impunidad.

¿Hasta cuándo?

Surrealismo cotidiano

Huichapan en tiempos de coronavirus

Este pueblo parece un manicomio de gente oligofrénica, o un zoológico de seres infrahumanos.

En Coppel, por ejemplo, no es posible hacer compras directas; hay que hacerlas “en línea”, es decir, pagar en internet y recibir el producto en casa, pero la tienda sigue abierta al público…

En la dulcería ubicada a las afueras de Elektra, las cajeras usan el cubrebocas debajo de la nariz, que dejan al descubierto.

Creen que se llama cubrebocas porque la nariz es aparte, algo muy “lógico”, según la noción más extendida en esta capital de la ignorancia y el atraso.

En dicha dulcería, cuyo ambiente ha sido siempre sofocante por la falta de espacio, ahora que uno quiere mantener su distancia es doblemente opresivo.

Además, el negocio exhibe unos precios y cobra otros, obviamente superiores (al menos en el caso del amaranto, como podría suceder con todos los productos, sin excepción).

En las tortillerías ubicadas en una de las calles que rodean el mercado municipal, los empleados no usan cubrebocas.

La mujer que vende las tortillas del lado del mercado se pone el cubrebocas en el cuello.

El hombre que atiende la otra tortillería no se pone cubrebocas en ningún lado (a menos que lo confunda con ropa interior).

Las cajeras del Oxxo tampoco usan cubrebocas, ni los clientes, y nadie guarda su distancia, como si nadie estuviera enterado de nada.

En las tiendas misceláneas, unos tenderos usan cubrebocas y otros no, y en un punto intermedio hay quienes lo usan cuando llegan clientes (o cuando llego yo) y se lo quitan cuando no hay clientes.

Al pueblo de Huichapan nunca se le ha dado la lógica; de hecho, es enemigo de toda lógica y, de paso, las matemáticas…

* * *

Mientras tanto, se nos informa que, como parte del PLAN DN-III-E, fueron habilitadas tres clínicas para el tratamiento exclusivo de coronavirus o Covid-19 en esta región, una de ellas en Huichapan, Hidalgo.

Al parecer, es obra del ejército federal, o sea, la Secretaría de la Defensa Nacional, no la Secretaría de Salud, convertida en aparato de desinformación sistemática y desmantelamiento del sistema de salud, esto último desde antes de la pandemia.

En Huichapan, un grupo de comerciantes bloqueó la avenida frente al palacio municipal en demanda de que se les permita volver a instalar sus puestos en el tianguis.

Hasta donde me quedé, su exigencia inicial era hablar con el edil, que nunca da la cara ni trabaja.

Y aunque no hay información oficial al respecto, la minoría crítica de Huichapan se enteró de que sus “autoridades” usan el Lienzo Charro para hacer fiestas privadas.

En público, recomiendan una cosa y, en privado, hacen otra, que suele ser exactamente lo contrario.

Del dicho al hecho hay mucho huichapeño.

* * *

En el plano personal, digamos que me han caído algunos veintes de paradojas grotescas y representativas de Huichapan, la capital nacional de la demencia por consenso y un tipo específico de pequeñez humana.

La vecina que grita sus conversaciones telefónicas con el auricular a todo volumen para que todos escuchemos inclusive lo que dicen sus interlocutores, como si estuviera sorda, es más bien exhibicionista.

Lo suyo es impudicia y exhibicionismo inconsciente de su inconsciencia, valga la expresión, de modo que resulta imposible ignorar, por ejemplo, lo siguiente:

—¿Qué tal estuvo la fiesta de anoche? ¿Bien? ¿Llegó mucha gente? ¡Qué bueno! Me da mucho gusto, amiga. Pero yo te hablaba para otra cosa: Mándame, por favor, la parte de la oración que ruega por las mamás para que no se enfermen de coronavirus. Hay que aprendernos bien esa parte para que la sepamos todos cuando nos reunamos a rezar hoy en la noche… ¡No! ¡Yo soy muy ingeniosa! ¡Nunca le paro!

Así por el estilo.

Y los vecinos que tengo más carca en la misma calle se dicen “maestros”, no porque tengan una maestría, sino porque trabajan en la Secretaría de Educación Pública (SEP), así que son más bien profesores, si aplicamos un ápice de rigor.

La paradoja en este caso es que (así como la gente más deshonesta y estúpida repite las palabras “educación” y “respeto”, implicando significados exactamente contrarios a los que tienen) desempeñen “educación pública” desde su ignorancia supina de las leyes y la cultura cívica, o sea, con un comportamiento sociópata.

En Huichapan, ocho o nueve de cada diez personas que tienen perros, por ejemplo, ignoran que deben educarlos y dejan su mierda en la vía pública.

Eso es parte del contexto social de la pandemia en este pueblo disque mágico, inminentemente pueblo trágico, donde la magia consiste en hacer abstracción de la tragedia.

(Seguiremos informando…)


Cotidianidades

Huichapan en tiempos de coronavirus

Farmacia Guadalajara vende cubrebocas desechables a 159 pesos ¡cada uno! Leyó usted bien: no es el precio de un paquete, sino el de cada pieza (algo más elaborada que las ordinarias, pero sin llegar a ser extraordinaria).

En la dulcería del centro, contra esquina del mercado, siguen vendiendo alimento a granel sin ponerse cubrebocas, aunque ahora puede uno comprar allí gel desinfectante a buen precio (falta ver si es o no de calidad).

En la cremería de Avenida Francisco I. Madero, esquina con J. Lugo Guerrero, la empleada tampoco se cubre la boca y no deja de hablar cuando manipula el alimento a granel. Además, cobra por un kilo de queso Oaxaca, pero entrega 950 gramos. Creo que los dueños de esa tienda son también los de la pastelería en la otra acera de la misma calle, casi en frente.

Ojalá hubiera sanciones en estos casos, porque hay gente que jamás cumple con sus obligaciones (sanitarias en estos casos) por voluntad propia. Hay que obligarla con el uso de coerción.

Entre la gente que no vende nada y que vemos en las calles más bien comprando, son cada vez más quienes usan cubrebocas, pero la gente que más obligación tiene (digamos por ética elemental, que obviamente no sabe ni con qué se come) es la que menos se cubre la boca, la que más habla mientras sirve la comida, y la más deshonesta, la más estúpida en todo su comportamiento, desde lo que dice hasta su expresión facial, pasando por lo que hace y, sobre todo, lo que NO hace.

Por lo menos, en Huichapan dejó de haber desabasto o escasez de gel desinfectante, quizá porque ahora es público el conocimiento de su preparación.

Por su parte, el desgobierno municipal, también llamado ayuntamiento, que no existe en los hechos ni sirve para nada, todavía no limpia el baño público del parque junto al Lienzo Charro. Allí sigue, intacta, inamovible, la suciedad acumulada (mierda humana incluida) durante años. El desgobierno municipal, que ni siquiera responde cuando uno le escribe, parece aspirar al récord mundial Guinness de negligencia, incumplimiento, inutilidad parasitaria y, por si alguien lo duda, ilegalidad que amerita, en todo caso, inhabilitación de por vida para ejercer un cargo público.

El ayuntamiento incluye a los delegados, y la del barrio El Calvario tampoco responde cuando uno le escribe, pero sí viene a pedir dinero para sus ondas católicas. ¿Será que responde nada más a quienes cooperan para eso?

Como escribí en otro texto (para lectores de otro nivel), el coronavirus está causando un escalofriante repunte del fervor religioso. Desde mi patio delantero en la noche suelo escuchar rezos colectivos (a distancia, se parecen al zumbido de las moscas sobre la mierda o un cadáver en descomposición).

Quizá medio sorda, una vecina se asegura de que todos escuchemos sus conversaciones telefónicas del día, inclusive lo que dice su interlocutora del otro lado del teléfono, y de noche organiza reuniones en su casa para rezar por las mamás y todo eso… ¿Hay que decirlo? Si acaso logran algo seguro esas reuniones es democratizar el virus, socializarlo, hacer igualitaria la enfermedad para que sea epidemia y pandemia, como si rezar inoculara inmunidad a la inconsciencia, la ignorancia, la indolencia, el egoísmo y la estupidez sin límites ni remedio.

Algo personal: alrededor de mi casa, los habitantes femeninos de las demás casas han decidido tener perros miniatura para que ladren agudo, agrediendo a los oídos y los nervios durante horas sin que sus dueñas muevan un dedo. Esa especie de consenso espontáneo, no menos oligofrénico y sociópata, tiene una relación indirecta con la pandemia, la cuarentena que no existe y la contingencia que tampoco existe, pero no voy a explicarla… a ver si alguien la intelige.

Aunque Huichapan es un lugar único en casi todos los aspectos y sentidos, cabe suponer que los hechos aquí narrados ocurren en muchas otras partes de México, el único país del mundo en donde la ignorancia más fanática, rabiosa, irracional, mata enfermeras mientras éstas hacen su máximo esfuerzo por los demás, y el presidente azuza un odio fanático, rabioso, irracional, insinuando que son prostitutas sin alma o mercenarias, gente sin valores éticos ni morales, gente que no es gente, pues tampoco tiene principios, nomás fines de lucro, digamos algo así como su director de comunicación social o su jefe de oficina o cualquiera del gabinete, que son seres infinitamente despreciables.

(Seguiremos informando…)