
El jueves 30 de marzo a las 9:00 me cortaron la luz porque no pagué a tiempo y no pagué a tiempo porque no me enviaron el recibo…
El recibo me sirve como recordatorio porque tengo muchas cosas que hacer y en que pensar, más de lo que nadie imagina.
Pagué luz y reconexión a las 13:00 del mismo día y me devolvieron el servicio hasta el martes 4 de abril a las 9:30.
Me dejaron sin electricidad durante cinco días, o sea, 120 horas.
El día que pagué hablé con un tal Francisco Trejo para informar la situación y solicitar la reconexión de inmediato.
El fulano respondió que eso dependía de que regresaran a tiempo los técnicos, que habían ido a “hacer cortes, no reconexiones”.
Cuando yo salía de la sucursal llegó un camión de la CFE y, cuando me iba, llegó también una camioneta.
Pero no hubo reconexión ese día.
Fui al día siguiente a reclamar e insistir, y Francisco Trejo se comunicó con el técnico en mi presencia, y el técnico le dijo que era necesario cambiar el medidor, que lo informó a su jefe y su jefe le dijo:
“Ya déjalo así”.
Todo en tono típico de mexicano que no sabe hablar en ningún idioma y le divierte la irresponsabilidad.
—Eso en mis tiempos se llamaba negligencia —le dije a Francisco Trejo—. Todo lo que dejo de hacer por regresar a insistir que hagan ustedes su trabajo no cabe en su mente ni en la de nadie que “trabaje” aquí ni en las de todos juntos.
Le advertí que, si no hacían la reconexión ese mismo día, dejarían pasar el fin de semana y, además de negligencia, sería dolo, mala leche, ganas de chingar…
Contestó de nuevo que eso dependía de que los técnicos regresaran a tiempo.
Como el día anterior, cuando yo salía de la sucursal, llegó un camión de la CFE y luego una camioneta. Idéntica escena. Así que ambos días regresaron los técnicos a tiempo.
Pero tampoco el viernes hubo reconexión.
El sábado a mediodía hice ejercicio en el parque de El Calvario y pasó junto a la cancha una camioneta de la CFE, por lo que supe, y lo confirmé después, que también “trabajan” los sábados (cubren su horario paseando como la policía municipal).
Pero esa camioneta no iba ni fue a mi casa, de modo que sábado y domingo no tuve electricidad.
El lunes, para que no hubiera ni la más mínima duda respecto a la huevonada y al dolo, tampoco hicieron la reconexión.
El martes a las 9:30 escuché el regreso de la electricidad y un grito en la calle a diez metros de mi casa: “¡Ya hay luz!” Como si la pequeñez infrahumana se burlara desde lejos para dejar clara también su cobardía.
Cuando fueron dizque a reconectar el servicio y resultó necesario cambiar el medidor, nadie tocó a la puerta de mi casa para informarme nada…
En suma, cinco días sin electricidad, 120 horas en las cuales se descompuso la comida: quesos, queso crema, yogur, pescado, comida preparada… con un costo entre 400 y 500 pesos.
Las pérdidas por el trabajo que no pude hacer en esos cinco días prefiero no publicarlas porque nadie las creería.
Uno de mis burós quedó con rastros imborrables de las velas consumidas.
Un intento de reparar con KolaLoka y luz insuficiente la carcaza y el arnés de mi cámara deportiva estropeó carcaza y arnés, además de manchar para siempre la barra de mi cocina.
En fin.
El recibo respectivo nunca llegó.
Y todavía nadie me ofrece una disculpa ni una explicación ni nada…
Antecedentes :
Durante un mes, entre finales de mayo y finales de junio de 2015, no tuve electricidad.
Tuve que dormir en hotel y comer en la calle, yendo todos los días a mi casa para dar de comer y beber a mi perra, levantar su caca y regresar al hotel, que resultó el peor de Huichapan y lo hice público en su momento.
Aquella vez me enviaron el recibo con retraso, precisamente el día del corte.
Pagué en el cajero automático de Bancomer para llegar antes que a la sucursal de la CFE y llamé por teléfono desde la caseta pública más cercana para informar y que no me cortaran la luz.
El que tomó la llamada me dijo con quién debía yo hablar (por ahí tengo sus nombres anotados), le pedí que me comunicara con ella y me dejó 15 minutos esperando.
Colgué, llamé de nuevo y, 10 minutos antes de que terminara su horario de trabajo, ya se habían ido.
Cuando regresé a casa ya no tenía luz.
Y desde ese momento negaron que el servicio estuviera suspendido: decían que yo debía cambiar algo descompuesto.
De allí pasaron a su habitual disfunción burocrática-oligofrénica:
“Tiene que ir a Tula o Pachuca”.
Así, sin saber a cuál de los dos lugares ni por qué ni para qué.
Y todos colgaban el teléfono en cuanto yo expresaba el más mínimo enojo por las sandeces que me contestaban.
Un día salí furioso luego de lidiar con la discapacidad de todos en esa porquería de sucursal, y hablé con un técnico a las afueras de las oficinas.
El técnico me informó de las reglas que podía saltarse con una mochada…
No era necesario que yo estuviera en casa para que me devolvieran el servicio, pero una de sus incontables excusas era que yo no estaba presente, así que acordé cinco veces el día y la hora para recibirlos y las cinco veces, que pagué taxi para ahorrar tiempo, fui a esperar en vano.
Yo hacía mi trabajo en el cuarto de hotel y dejaba de hacerlo para ir a casa, esperar en vano y regresar.
Alcanzaron el récord Guinness en todos los sentidos por debajo del cero: negativos.
Al final me devolvieran el servicio sin una disculpa, una explicación, ni la más mínima, y obviamente sin resarcir el daño, sin cubrir el costo de la negligencia y el dolo en tiempo, dinero y salud.
El proyecto profesional que sabotearon es demasiado grande para publicarlo aquí.
* * *
Antes y después de “vivir” un mes sin luz he padecido más de una vez la reproducción del mismo esquema.
Una vez tuve que pagar dos veces, tanto en Bancomer como en CFE.
Como todo Huichapan recordará, el cajero automático estuvo descompuesto medio año.
La ocasión que llegué a pagar perseguido por un viejo loco y violento es de antología: los dos empleados que protagonizaron aquel episodio son representativos de la máxima inutilidad posible (para decirlo con palabras demasiado suaves).
En esta ocasión, confirmé y documenté en video que los burócratas de las oficinas más inmediatas y accesibles nunca jamás entienden nada a la primera. Más que aturdidos y embrutecidos, parece que tuvieran consigna.
Mi calle suele quedar sin electricidad hasta que me apersono en la sucursal (lo cual habla también de mis vecinos, que jamás han movido un dedo al respecto en más de una década).
Y así puedo seguir hasta que, por su extensión, nadie quiera leer este chorizo.
Y así seguirá siendo todo mientras exista la complicidad implícita de quienes toleran y aceptan esta mierda, la dejan pasar y jamás han hecho ni harán una denuncia pública.
* * *
Una cosa es asumir el descuido y el error de no pagar a tiempo, y otra muy distinta es tolerar que la imbecilidad pública no tenga límites, o sea, que la función pública prefiera ser oligofrenia infinita por su impunidad a falta de sanciones.
Todos estos hechos ameritan despido como paso previo a la inhabilitación para ejercer un cargo público (así sea el de simples gatos que son), de por vida en determinados casos, que también ameritan cárcel o, en su defecto, aplicación de la Ley del Talión.







