Más negligencias

Fase 3: La Carabina de Ambrosio

Huichapan, Hidalgo, 30 de abril. Salgo a tirar la basura, llevar mi ropa sucia a la lavandería, comprar tortillas y lo que siempre compro en la dulcería (nueces y arándano a granel, amaranto y chocolate), además de fruta y huevo en el regreso al barrio donde muero.

En el centro descubro que no existe ninguna cuarentena, que nadie se queda en casa, que nadie guarda su sana distancia… Muy por el contrario.

Hay cada vez más gente con cubrebocas o mascarillas, empezando por la policía (que seguramente lo hace por obligación), y los establecimientos comerciales tienen gel desinfectante a disposición de los clientes, como empezó a suceder desde el principio de la pandemia. Pero cuarentena, en absoluto.

El local de la dulcería es muy estrecho y la fila de clientes se atiborra, se aglomera con singular gusto por la cercanía física, inclusive se toca: unos ponen las manos en los hombros y las espaldas de otros. Habiendo más empleados, la cajera deja de cobrar para pesar el arándano y la nuez, mientras la fila espera, crece y estrecha su alegre cercanía… ¡Ay, qué rico se siente!

La sucursal de Bancomer en Huichapan es el paradigma de la ineptitud privada, como Caposa es el de la ineptitud pública. Y aquí paradigma es ejemplo a seguir, tanto por los empleados como por los clientes. De ahí que la gente prefiera los domingos para plagar el cajero automático y hacer largas y sociables filas. ¡Viva el calor humano! ¡Cómo extrañamos el tianguis, la feria del Calvario y demás baños de pueblo!

Confieso que, por no ser asalariado ni estar atenido a las quincenas, esta vez no reparé en la fecha. De hacerlo, no salgo, dejo todo para el día siguiente, o salgo preparado con la Canon y la GoPro.

En los trayectos percibo más tráfico vehicular que de ordinario.

En el parque principal del barrio donde muero, los listones de “prohibido el paso” allí siguen, como probablemente sigue dentro del baño público la suciedad acumulada durante meses que suman años. Miasmas hechos «usos y costumbres».

Pero en su página de Facebook, la presidencia municipal reproduce una imagen explicativa de quiénes deben usar cubrebocas y quiénes no: Si tienes síntomas de coronavirus debes usarlo; si no tienes síntomas no debes usarlo. Así de simple. Y lo más aberrante es que dicha imagen está firmada por el desgobierno federal, paradigma universal de la negligencia criminal y la mentira como religión, con su misa diaria y su opio de ocurrencias autocomplacientes.

También hay una imagen que dice: «Hoy más que nunca debemos mantenernos unidos como huichapenses» (y como si los huichapeños supieran con qué se come una metáfora).

Durante siete años de usar cubrebocas en Huichapan, la gente ha creído que lo uso porque estoy enfermo. Su lógica es tan simple que atenta contra la lógica, y la gente simple jamás entenderá que, por usar cubrebocas, no estoy enfermo; están enfermos todos los demás con una percepción entre aturdida y atrofiada…

En su página de Facebook, por cierto, la presidencia municipal, en vez de responder a las preguntas, las borra, elimina el “comentario” y bloquea una posible interlocución. Los parásitos que infestan el palacio municipal, además de violar las leyes, los reglamentos y los bandos, todos los días sin excepción, son imbéciles, deshonestos y cobardes, y exhiben su naturaleza cada vez que tienen oportunidad.

Por lo demás, es evidente que, si los hubiera, serían necesarios muchos años para educar a un pueblo como el de Huichapan en una cultura de prevención y contención de las enfermedades contagiosas y hasta epidémicas, por no hablar de las pandemias y el significado de cada concepto y categoría…

Con base en tres videos publicados por usuarios de redes sociales, una nota del portal Sin Embargo describe situaciones análogas en otras “ciudades” provincianas de la franquicia tejana que llamamos República, lo cual confirma una tendencia y el acierto de todas las reflexiones pesimistas al respecto.

(Seguiremos informando…)

Negligencias

Huichapan en tiempos de coronavirus

Cuando me apersoné para pagar en la Comisión Federal de Electricidad, un vigilante me recibió en la entrada con gel desinfectante. Cuando regresé días después porque no teníamos luz, había otro vigilante sin gel desinfectante. Para hablar con el “jefe” tuve que registrarme en un libro, y el vigilante me indicó lo que debía escribir, acercándose todo lo posible; nomás le faltó subirse encima de mí o, por lo menos, tocarme. En algún momento intentó hacerse de mi recibo, casi arrebatármelo, y entonces troné; me alejé un paso y dije: “¡Guarde su distancia!” Pero él contestó: “Lo estoy ayudando, no es para que se enoje”.

En la bodega de Aurrerá, en vez de narcocorridos como la vez anterior, los altavoces transmitían indicaciones de que mantuviéramos nuestra distancia, entre otras cosas, todo en función de la prevención sanitaria, pero la gente caminaba sin guardar ninguna distancia, como si tampoco oyera y mucho menos escuchara indicación alguna. Salvo una o dos personas, nadie llevaba tapabocas. Todos se comportaban como zombis, o sea, como siempre, o sea, como zombis.

En la entrada, unas empleadas le decían a la gente que llegaba en grupo: “Sólo dos personas por familia”. Y entonces el grupo de dividía, fingiendo no conocerse, y entraban todos. Una vez adentro, se tomaaaaba su tieeeempo con aleeeegre caaaalma, paseándose por los pasillos, domingueando muy campante y sonriendo unos con otros, como diciendo: “los engañamos, somos bien chingones”.

Un carro de sonido recorre Huichapan también con recomendaciones sanitarias, como quedarse en casa, pero quizás el mensaje tampoco llega a los oídos de nadie.

Hace dos días, intenté hacer ejercicio físico en casa, pero la construcción contigua me atacó primero con humo de cigarro y después con hedor metálico y tíner o algo parecido, así que opté por el parque, esperando encontrarlo desierto, pero había más gente que nunca y fue llegando más y más y más. En los siete años y medio que tengo aquí atrapado, nunca había llegado tanta gente. Se engentaron los juegos infantiles, los espacios para carros, la cancha y sus alrededores; parecía una ocasión especial, como de fiesta, y nadie llevaba tapabocas ni guardaba su distancia con nadie… Quizás extrañan el tianguis y la feria del Calvario, y aprovechan las vacaciones forzadas para estar juntos y unidos, como aconseja El Cacas.

Días antes, comenzó a las dos de la mañana una fiesta de ruido a todo volumen, cerca de mi casa, y acabó a las cinco para continuar en la tarde hasta la madrugada del día siguiente; fue una aglomeración de borrachos y gritones. Descarté llamar al 911 para que la policía municipal hiciera su trabajo porque ya entendí que semejante pretensión es siempre pérdida de tiempo y frustración. Aquí nadie respeta la ley de protección al ambiente ni la ley de cultura cívica, ni saben de su existencia, como si no existieran, porque hasta las “autoridades” las infringen y, en aras de “los usos y costumbres” (sic), son el ejemplo a seguir por el resto de la población.

Huichapan tampoco está enterado de ninguna pandemia ni de ninguna cuarentena. Alguien oye la radio a todo volumen, todo el día, en una emisora saturada de mensajes oficiales, todos relacionados con el coronavirus, pero el cumplimiento con las obligaciones cívicas y sanitarias se reduce a la simulación de atender esos y otros llamados, en este caso imponiendo ruido a todos los vecinos del entorno. Contaminación sonora que viola la ley para simular que la respeta. Demencia en masa.

Durante una tregua de silencio, hice ejercicio en el patio de mi casa y escuché una voz de mujer que vociferaba: “Te vas a morir cuando Dios quiera, no cuando tú digas”, por lo que imaginé el contexto de la oligofrenia católica: “¿Para qué tanta cuarentena, sana distancia y lavado de manos a cada rato, gel desinfectante y tapabocas, si de todos modos es Dios quien dispone, por más que uno haga, siempre se hace su voluntad”.

Días después, pregunté a quien me atendía en una tienda por qué no usaba guantes ni tapabocas o mascarilla, y contestó más o menos eso, pero hablando con faltas de ortografía y de sintaxis, sin articular las palabras rescatables, las que era posible inteligir de su reinvención, como cuando la simbiosis entre analfabetismo oligofrénico y deshonestidad consciente hace comentarios huichapeños en Facebook.

Cuando la pestilencia de las granjas porcícolas alcanzó su máximo nivel en 2018, nadie que viviera en Huichapan se puso nunca tapabocas o mascarilla. Esta gente parece creer que usar esas cosas es reconocer algún padecimiento vergonzante. Ahora, una o dos personas de cada cien se pone tapabocas y quizás lo hace con la sensación de atraer las miradas por desconfianza de los demás…

Así las cosas en este pueblo cuyo presidente municipal no trabaja ni da la cara jamás, se dice que ni siquiera vive en Huichapan, es el peor de la historia, y al que la negligencia criminal de quien se cree presidente de la República le vino como anillo al dedo.


Actualización

Lo del parque infestado sucedió el miércoles 15 de abril en la tarde-noche. El viernes 17, la construcción contigua me impidió de nuevo hacer ejercicio en casa y regresé al parque, ahora con la cámara GoPro por si me desencontraba con otra aglomeración huichapeña. Pero no la hubo. Una familia subía carriolas de bebé a su camioneta para retirarse. Y se retiró. Una señora joven caminaba con su hija de tres o cuatro años alrededor de la cancha. Minutos después, también se marcharon.

Al caminar yo alrededor de la cancha para entrar en calor con cardio articular de hombros, codos y muñecas, noté que faltaron cosas por decir en mi relato anterior: botellas vacías de cerveza y mierda canina en abundancia, por todos lados, lo primero quizás de la verbena espontánea, lo segundo quizás de todos los días con sus respectivas noches. Y pestilencia fecal como de granja. En ambos ocasiones, bases de cartón como para pizza en el piso de los juegos infantiles (si dos días después seguían allí, no es posible saber desde cuándo). El contenedor de basura se desbordaba…

Una observación personal: alrededor de las 19:00 del horario real, o las 20:00 del horario falso, los murciélagos despiertan y revolotean sobre el parque; por su altura, los grandes faros que iluminan la cancha los hacen especialmente visibles allí, más que en la penumbra de los juegos infantiles. Nomás por no dejar de ventilar mi desprecio, me pregunto cuánta gente hace la misma observación: ¿cuánta gente repara en algo que sucede a diario? Y me respondo: además de mí, obviamente nadie.

Tanto el estrépito de pájaros como el de langostas en mis dos patios y sus alrededores pueden asociarse desde la sicología propia y personal con el coronavirus, más allá de una sensación apocalíptica no menos subjetiva, pues la ignorancia popular atribuyó a la barbacoa de murciélago el origen de la pandemia en China…

A la mierda canina y la pestilencia fecal como de granja se suma el hecho de que los “servicios” sanitarios de Huichapan tienen AÑOS negándose a limpiar los baños del parque a las afueras del Lienzo Charro (pletóricos de mierda humana), que también apestan y enferman sobre todo a los niños que juegan aquí o “estudian” en la escuela primaria.

El mismo viernes a medianoche, o en la primera hora del sábado, salí al patio de mi casa y otra pestilencia fecal como de granja parecía un enésimo anuncio: múltiples señales parecen indican que volveremos a padecer la contaminación que hizo crisis en septiembre de 2018, pues a Huichapan no le basta con una pandemia para enterarse de que hay algo en el aire.

(Seguiremos informando…)

Miasmas de tercer mundo

Rateros, mentirosos, imbéciles…

Jueves 13 de febrero. Central de Autobuses «Conexión», Huichapan, Hidalgo. Me dicen por teléfono que una de las salidas a la CDMX es a las 14:30 PM. Me organizo para esa hora, tomo un taxi y llego a las 14:20. La cajera me dice que la salida más próxima es a las 15:00 y balbuce una explicación…

El boleto cuesta 220 pesos. Saco dos billetes de cien y uno de cincuenta, los pongo en el mostrador. La cajera espera a que yo mire para otro lado, levanta los billetes y se los lleva, sale del cubículo y regresa, toma asiento, pregunta mi nombre, se lo digo, lo teclea, me cobra 220 pesos y le digo que ya le pagué, me dice que no, le digo que dejé 250 pesos en el mostrador y que sólo ella pudo tomarlos

—¿Y dónde está su boleto? —me pregunta.

—No me lo ha dado —respondo ofendido por su intento de que yo sea más estúpido que ella.

Aun así, reviso todos los compartimentos de mi cangurera y los bolsillos de mi pantalón, busco en el piso a ver si el dinero no se cayó, levanto las cosas que hay en el mostrador (grandes cuadernos de contaduría), a ver si los billetes no están debajo.

Al final, no me queda ninguna duda.

Le aseguro a la cajera que dejé el dinero en el mostrador; ella responde que no y se comporta con tanta confianza y tranquilidad, tanta seguridad, que empiezo a sospechar de un chofer que habló con ella mientras yo esperaba, él y yo del mismo lado del mostrador. Pero sospecho más de ella por varias razones: Ella, para empezar, no sólo niega haber tomado el dinero, sino inclusive que yo lo haya dejado en el mostrador. Y mi propio instinto es infalible cuando se trata de percibir o detectar mentiras.

Exijo revisar lo grabado por las cámaras de seguridad, a ver si el dinero lo tomó ella u otra persona.

—No hay cámaras de seguridad —me dice.

—Ahí hay una —señalo a la que nos mira.

—Esa no sirve, no está funcionando —miente.

—Entonces llama a tu jefe, porque de aquí nos vamos a la delegación de policía. Si las cámaras no funcionan, es tu palabra contra la mía.

Ella llama a su jefe y yo le informo el problema. El jefe asume una complicidad inmediata y automática, cínica y descarada. Exijo que revisemos lo que haya grabado la cámara. Contesta que, para eso, yo tengo que hacer una solicitud por escrito y que van a contar el dinero de la caja, a ver si es la cantidad justa o sobran 250 pesos. Le digo que eso es hacerle al cuento, pero espero a que terminen y trato de ser paciente.

Mientras tanto, llega más gente, se hace una gran fila, y yo hago comentarios en voz alta para que la gente se entere de que allí roban.

—¡Increíble! —exclamo— ¡Debería darles vergüenza! ¡El robo es un delito y amerita cárcel!

La cajera termina de contar el dinero y dice que no sobra nada. Según el jefe, la cajera dice la verdad y yo miento. Insisto en las cámaras de vigilancia y el jefe sugiere que yo haga lo que quiera, que vaya a la delegación, que llame a la policía o “presente un escrito” para solicitar que revisemos el material de las cámaras.

—Pero descúbrase porque en la delegación le van a solicitar su INE —me ordena.

Yo tengo puestos dos tapabocas y me limito a mirar la cara y el comportamiento del cómplice, pensando que además es un provocador y amerita, por lo menos, una rotunda golpiza, de preferencia en la cárcel.

—¡Descúbrase! —ordena de nuevo con la sonrisa oligofrénica de quien divierte su impunidad.

—Yo soy el afectado —le digo—. Los rateros son ustedes.

—¿Y cómo piensa comprobarlo? —pregunta.

—Con las cámaras de seguridad —respondo.

—¿Y si las cámaras le dan la razón a la cajera? —pregunta.

—No se haga ilusiones. Si usted creyera que la cajera dice la verdad, no se resistiría tanto a que veamos el registro de las cámaras.

—Nosotros no tenemos acceso a las cámaras —contesta— y ya demostramos que no ha pagado su boleto.

Al decir eso, el jefe da media vuelta y se retira. Lo alcanzo y le pregunto quién tiene acceso a las cámaras. Contesta que el gerente. Exijo que lo llame y contesta que él ya hizo lo “procedente” y sugiere que yo “ponga una queja”.

—¡Deje de contestar pendejadas y llame al gerente! —le grito en la cara.

—¡Cálmese, o yo lo acuso a usted! —amenaza.

—¡Acúseme lo que quiera si es que puede! ¡Tengo que ir a la Ciudad de México por una emergencia! ¡Si no llego a tiempo, ustedes van a pagar también las consecuencias!

—Será su culpa, no es problema nuestro, usted lo está causando.

—¿Por no dejar que me roben? ¿Dónde está el gerente? ¡Ahora quiero hablar con él!

El jefe saca su teléfono móvil y hace una llamada, o hace como que llama. Yo entro al baño, salgo y ya está el gerente con nosotros. Le explico la situación en resumen y él accede de inmediato. Subimos a su oficina, vemos lo que grabó la cámara de la caja. Es evidente que la cajera, aprovechando que es la única en ese momento, había acomodado el monitor contiguo de tal modo que obstruyera la visibilidad de la cámara, pero estúpida como es, levantó mi dinero del mostrador y lo contó, dándome la espalda, camino a la salida del cubículo. Eso sí lo registró la cámara, sin lugar a dudas ni a discusión.

Pero el gerente y el jefe tardan diez minutos o más en asimilar lo que yo percibo en cinco segundos. Y en el ínterin, el jefe sigue balbuciendo sandeces que, según su oligofrenia, son materia de discusión.

Regresamos a la caja y, una vez allí, el jefe me pide una identificación oficial para poner mi nombre en el boleto. Respondo que no tengo por qué identificarme y que jamás le piden identificación a nadie para venderle un boleto. El jefe insiste con una debilidad lastimera. Ya ni contesto, miro el reloj; me dan el boleto, pero se quedan con el cambio. Dejo pasar todo el tiempo posible y, cuando baja también el gerente, exijo mi cambio.

La cajera dice llamarse Cristina Chávez. El jefe, Jesús Peña. Y el gerente, Venancio Hernández.

Por la confianza y la tranquilidad con se comportó la cajera en todo momento, cabe sospechar que tiene práctica y experiencia en robar con ese modus operandi, y quizá también con otros. Nunca dejó de sonreír, ni siquiera cuando quedó exhibida con evidencias claras, irrefutables. El comportamiento del jefe, como ya dije, fue de complicidad en todo momento. Nunca ofreció disculpas, ni por el intento de robo ni por sus propias estupideces. Tampoco el gerente…

Perdí 40 minutos en este pleito, tiempo que yo habría aprovechado para hacer compras en la bodega de Aurrerá.

El camión apestaba insoportablemente a meados y no había ni la más mínima ventilación. El chofer equivocó la ruta en una desviación y tuvo que regresar en reversa unos 200 metros.

En las próximas horas, regresaré cámara en mano a ver si la cajera fue despedida o sigue allí, robando al público en descarado contubernio con el jefe. Si no regreso yo, lo hará alguien más por mí.


Actualización

He aquí a la susodicha en una foto medio engañosa porque, filtros mediante, la hace parecer más joven. También tiene antecedentes acumulados que otras personas señalan al compartir esta crónica en sus propios muros de Facebook y en varios grupos de la misma red social.

Cristina Chávez, la cajera-ratera de “Conexión”, Estrella Blanca, Huichapan, Hidalgo, opera en sistemática y descarada complicidad con su jefe, Jesús Peña.

He hablado con algun@s de sus compañer@s de trabajo (antiguos y actuales) y me dicen que ella es el brazo derecho del jefe-cómplice, que se trata de una mafia y de ahí su impunidad. La mayoría coincide en que la interfecta es déspota y prepotente, que jode tanto al público usuario como a sus propi@s compañer@s, que les hace la vida imposible, a menos que sean jefes. Me informan también que la mujer aspiraba, desde su ineptitud como cajera y su falta de valores éticos y morales, a ser la “encargada de valores”, pero ahora, en vez de ascenso, tendrá que buscar trabajo en otro lado.

Más adelante publicaré una foto más representativa. Por lo pronto, imaginen esta cara menos joven y con muy mala vibra.


ratera

A la presidencia municipal

Acabo de enviar este mensaje a la presidencia municipal de Huichapan, Hidalgo.

A quien corresponda:

Ayer lunes 10 de febrero a las 16:30 PM una mujer dejó la mierda de su perro en la banqueta frente a las cámaras que vigilan Arroyo de las Avenidas. Esa mujer sale a diario con tres perros de razas medianas y grandes, y deja siempre su mierda en distintos puntos de la misma calle o en los alrededores de la cancha. A veces, cuando alguien la observa, levanta la mierda de uno de sus perros, pero deja la que excretan los otros dos. El resultado es evidente y olfáticamente perceptible.

Ella es joven y tiñe su cabello de color castaño; obviamente no ha visto las cámaras de vigilancia, que obviamente han registrado esta infracción suficientes veces.

Solicito que, con base en las evidencias, esa mujer sea sancionada como corresponde para que deje de contaminar cotidianamente y con campante impunidad, y deje de joder a quienes vivimos en el lugar que ella usa de cagadero, a ver si la sanción sirve también de escarmiento para quienes hacen lo mismo, pues abunda mierda en esta zona, sobre todo en los alrededores de la escuela primaria, como para que los alumnos vayan acostumbrándose.

Ya recurrí una vez a la policía municipal, cuando coincidió la infracción de la mujer con la presencia de una patrulla, que hizo lo de siempre, o sea, nada, si acaso una simulación fodonga…

Entiendo que, para el ayuntamiento, es normal que la gente de Huichapan viva respirando mierda y orín, entre otras cosas, y por eso apestan los alrededores del Lienzo Charro… ¿Hace cuántos años que nadie lava, por ejemplo, los baños exteriores frente a los juegos infantiles del parque?

Entiendo que también es normal para el ayuntamiento que nadie nunca trabaje ni cumpla jamás con sus obligaciones, que la negligencia criminal de Protección Civil y sus mandos superiores es idiosincrásica, y por eso dejan una semana el cadáver de un gato al pie de la escuela primaria, tres semanas el cadáver de un perro en la cuneta del camino a La Sabinita, una o varias fugas de gas durante meses, y así todo por el estilo en este pueblo gobernado por la nulidad y la inutilidad parasitaria.

En fin. Solicito formalmente que hagan ustedes algo útil por una vez en la vida y sienten un precedente.

Atte. Iván Rincón Espríu

Días de pedernal

Tercera parte

Después de romper paredes y techos de mi casa desde la construcción contigua, un sujeto embozado con paliacate rojo, lentes oscuros y sombrero, invadió mi casa por la azotea.

En la mañana entré al baño y me asomé por la ventana. Llamó mi atención que alguien escondiera la cara por temor a ser grabado, como un delincuente consciente de serlo y además esmerado en que yo percibiera su actitud culposa. Me pareció tan sospechoso el tipo que decidí ponerle un cuatro: Cerca de las dos de la tarde, cerré la ventana del baño, abrí la llave de la regadera y salí al patio, cámara en mano. El sujeto creyó que yo me bañaba y aprovechó la oportunidad. Después de grabarlo, subí a reclamarle desde la ventana del baño, pero había hecho mutis. Cobardía, cobardía y más cobardía: lo normal en Huichapan.



Más cosas en el tintero

El día crítico, fueron los albañiles quienes me dieron la idea de llamar a la policía cuando exigí que dejaran de martillar apoyados en mi casa; lo sugirieron muy sonrientes, como algo divertido, porque saben lo que pasa cuando uno recurre a la policía en Huichapan.

Ese día también llegó alguien de obras públicas a balbucir sandeces; entre otras cosas, dijo que la jueza “conciliadora” es arquitecta…

* * *

Todo este capítulo de la construcción que destruye, invade y ensucia mi casa, además de violentarme con su ruido insoportable durante meses, tiene un precedente:

Cuando el terreno estaba baldío, una mujer que decía ser la dueña tiraba tierra y cascajo en cantidades montañosas, enterrando mi casa con ayuda del viento. Se lo expliqué y le pedí que pusiera un plástico grande encima de sus promontorios y me contestó con cara de muerta que ella podía hacer cuanto quisiera en su terreno porque era su terreno. Le expliqué la situación de múltiples maneras y ella contestó con cara de muerta que el terreno era suyo… Le dije que era una estúpida-egoísta y le pregunté si entendía lo que acababa de decirle; contestó que sí, que eso sí lo entendía…

Y opté por llamar al ayuntamiento, en donde otra muerta me dijo que los dueños del terreno tenían permiso para hacer lo que hacían. Le pedí los nombres de los dueños y la dirección del terreno, pero resultó lo que yo sospechaba: que la muerta del ayuntamiento no sabía de qué terreno se trataba y contestaba lo que fuera más cómodo y económico a su propia negligencia… Después de un desproporcionado esfuerzo de mi parte y una hueva exasperante de parte suya, acordamos que obras públicas consultaría con el área jurídica del ayuntamiento si los dueños del terreno tenían derecho a enterrar mi casa desde su propiedad, y que me llamarían cuando lo supieran. Acordamos también que yo los llamara en el momento que los dueños del terreno regresaran con más tierra y cascajo para que se apersonara la policía municipal. Esto último ocurrió de inmediato, llamé y me dejaron esperando, como siempre. Sobre la consulta al área jurídica, nunca me llamaron. Muy huichapeño todo.

Luego reflexioné que, si el propio ayuntamiento dejaba montañas de tierra en mi calle durante ocho meses de interrupción en el trabajo de empedrar la parte que faltaba empedrar, era lógica y previsible su complicidad con alguien que afectaba exactamente igual a los demás.

Los parásitos que infestan el palacio municipal no son menos deshonestos ni menos dañinos que la especie infrahumana que vota por ellos para desentenderse de lo que hagan o no hagan.

* * *

En los videos muestro cómo han salpicado de cemento las tejas de mi casa, pero no digo que además las han roto (la imagen lo dice a medias). No sólo se apoyan en mi casa para martillar, sino que inclusive se paran en mis tejas, las pisan y dejan caer basura de todo tipo.

* * *

Hay mucho que decir acerca de la chusma que, además de un analfabetismo endémico, exhibe su pequeñez oligofrénica, deshonesta y cobarde con ataques en facebook, tanto que amerita una publicación aparte.


Días de pedernal

Incendio en Huichapan, Hidalgo

Segunda parte

Una vez ocurrida la primera parte del pleito por la imbecilidad que destruye mi casa desde la construcción contigua, comenté con unos conocidos el papel de la policía municipal en este asunto, pues su comportamiento fue como el de siempre.

Tengo más de siete años “viviendo” en Huichapan y, durante este tiempo, la policía municipal jamás ha hecho su trabajo (al menos en los incontables casos que he reportado al número de emergencias), como tampoco lo ha hecho protección civil.

Comenté lo anterior con ejemplos indignantes y grotescos, y mis conocidos comentaron a su vez un caso en particular:

Hace aproximadamente un año, en una calle del barrio El Calvario, conectada con Silvano Gómez y el parque pequeño en Arroyo de las Avenidas, una casa ardió en llamas.

Alguien llamó desde luego al número de emergencias.

Pasó media hora y, en vez de los bomberos, llegó la policía municipal, nomás a mirar.

Pasó más tiempo y llegó por fin protección civil con una pipa de agua, pero sin agua.

La pipa estaba vacía y el incendio había llegado a tal punto que los valientes héroes de protección civil decidieron en voz alta:

“No pus ya mejor que se acabe de quemar la casa, ya no podemos hacer nada”.

Ante tal negligencia y tan criminal apatía, los habitantes de la casa (quizá propietarios) asumieron el riesgo y entraron ellos mismos a sacar un tanque de gas para que no explotara.

Después del siniestro, los afectados emigraron, se fueron de Huichapan.

* * *

Comparto esta versión de segunda mano por venir de personas honestas (son trágicamente escasas, pero las hay en Huichapan) y por si alguien quiere aportar algo.

* * *

En su momento (finales de 2018) hice público el papel de protección civil cuando había una fuga de gas muy cerca de la escuela primaria, también en El Calvario: la falta de voluntad o disposición con que llegó esta gente, repitiendo “no es lógico, no es lógico”.

Sabiendo que las bestias más bestias de Huichapan llaman “lógica” a su creencia de que los perros cambian de raza con la edad, opté por burlarme de su estupidez:

“Es que el gas no sabe nada de lógica”, le dije a la mujer que encabezaba la brigada negligente.

En su momento narré también (hasta con imágenes que después borré) cómo es que, a pesar de mi insistencia con reportes diarios y publicaciones en Facebook, tardaron una semana en recoger el cadáver de un gato que, al pie de la escuela primaria, para que los niños se acostumbraran, apestaba como la corrupción y la obscenidad del PRI cuando echa mano del presupuesto…

Años antes, hice público también cómo es que reporté a diario durante ¡¡¡tres semanas!!! el cadáver de un perro en la cuneta del camino a La Sabinita, hasta que “la autoridad” hizo algo por fin: abrir una corriente de agua, como riachuelo, para que esparciera la contaminación putrefacta por toda la zona, desperdiciando además el agua en cantidades industriales.

* * *

La gente de Huichapan es indolente, abúlica, pasiva y pusilánime.

Por eso en la más reciente temporada navideña padecimos una pestilencia como de podredumbre porcícola, mezclada con un tufo intenso a meados, en el Lienzo Charro.

Y por eso la plaga que infesta el palacio municipal vive de nuestros impuestos sin trabajar, haciendo todo cuanto se le antoja, incluyendo, por supuesto, no hacer nada.

* * *

¿Ustedes, cabroncit@s, qué opinan?

Constructor destructor

Y gentuza infrahumana en torno suyo

Junto a mi casa están construyendo otra casa y, de paso, destruyendo la mía. Tienen todo el invierno dando martillazos apoyados en mi casa, de modo que han roto, entre otras cosas, la pared y el techo del cuarto en donde duermo y hago casi todo. En la primavera del año pasado rompieron la barda de mi patio y el muro de mi escalera. Hoy llegaron a un punto crítico. Tomé fotos y video del momento en que meten algo entre ambos muros para martillar. Llegó el «responsable» de la obra y, aprovechando que yo me bañaba, le dijo al albañil que siguiera martillando apoyado en mi casa y nomás pusiera un plasticote negro para ocultar lo que hacen.

Exigí al albañil que dejaran de apoyarse en mi casa y negó que hicieran semejante cosa (momentos antes contestó con ruidos guajoloteros y mentadas de madre). Llamé al 911 para que viniera la policía municipal; no salí de inmediato por esperarla; pasaron 20 minutos de martillazos sin que viniera nadie y volví a llamar; dijeron que la calle no correspondía con el barrio (¡!); volví a darles la dirección y esperé otro rato, mientras las bestias seguían rompiendo mi casa; volví a llamar y me dijeron que, según la policía municipal, este asunto es de obras públicas y el constructor tiene permiso de construcción, entre muchas otras sandeces burocráticas. Obviamente no me llamaron para decir que la policía no vendría, ni pensaban llamar en ningún momento.

Llamé entonces a la policía del estado y, luego de tres largas discusiones, acordamos que vendría una «unidad» y que yo la esperaría en cierto lugar. La esperé media hora y no llegó. Regresé a mi casa y coincidí con la patrulla. Fuimos al lugar de la obra y ocurrió lo que narra el video.

Hay mucho más que informar al respecto y lo haré por partes, además de subir a YouTube un video editado con la mayoría de las evidencias que registré hoy.



El texto anterior fue publicado en Facebook para contextualizar el video y viceversa. Como no tengo tiempo para rehacer ese texto con lo principal que haya dejado en el tintero, lo agrego:

El nombre del “responsable” de la obra (construcción destructiva) es Alejandro Sánchez Villegas, según su propia voz. El día crítico, evadió todo cuanto le dije, como si estuviera drogado o le hablara el Espíritu Santo; nunca me miró a los ojos, siempre negó hacer lo que hacía y, si acaso dijo algo, lo dijo con la mayor debilidad posible. “Es que no vamos a llegar a nada”, por ejemplo.

En el video, tan consciente está de lo que hace, que esconde la cara y niega su nombre como un criminal cobarde.

Ese “responsable” lo es también de que hayan desaparecido las ardillas, los cacomixtles y las zarigüeyas o los tlacuaches, además de las ranitas y muchos otros animales que habitaban esta zona, ahora infestada con las obras y sobras que ha perpetrado el personaje y la empresa que lo contrata…

En la primavera del año pasado rompieron la barda de mi patio y el muro de mi escalera, entre otras cosas, además de salpicar cemento y cascajo como si fuera consigna. Limpié cinco veces y volvieron en invierno con sus martillazos y más ruido…

* * *

Enero 8 de 2020. Cuando llamé a la policía del estado, contestó primero una mujer y, al oír de qué se trataba, se soltó hablando como demente, diciendo que yo debía dirigirme a obras públicas del ayuntamiento para que me dijeran que había permiso de construcción. Intenté decirle que el constructor no tenía permiso de destruir mi casa, pero la mujer nunca dejó de hablar y, cuando grité lo que tenía que decirle y ella tenía la obligación de escuchar, colgó el teléfono.

* * *

El comportamiento y la disfunción endémica de la gentuza infrahumana en el número de “emergencias” es un episodio que merece tratamiento especial. En siete años que tengo llamando a ese número, jamás ha respondido alguien con neuronas vivas en el cerebro. Una vez respondió una mujer bostezando con ostentación (al cabo atienden emergencias). Y la policía municipal jamás ha movido un dedo, salvo acaso para excusar su inutilidad. En el texto que escribí al respecto como segunda parte falta decir que he leído incontables testimonios de pobladores de Huichapan sobre ausencia, tardanza, negligencia y omisión, entre otras cosas, por parte de la policía municipal. También he visto fotos de la policía municipal exhibiendo en plena vía pública sus habituales prácticas de huachicol o huachicoleo (todo Huichapan ha visto esas fotos).

Quienes responden en «emergencias» y la policía municipal de Huichapan coinciden, como si concertaran su incompetencia, su inutilidad parasitaria, el fracaso y la pérdida de tiempo siempre que uno recurre a ellos.

Hasta donde recuerdo, llamar a emergencias en la CDMX solía ser efectivo. Aquí lo normal es que, tratándose de “servidores públicos”, nadie nunca sirva para nada. Aquí el tercermundismo es de antología, una verdadera vergüenza…

* * *

En Facebook han salido algunos defensores del “responsable” o “encargado” que, para construir una casa, destruye otra (en este caso la mía), además del medio ambiente, y esos defensores se apellidan Trejo o Sánchez o Sánchez Trejo. Confirman la regla infalible de que la peor gente de Huichapan (la más deshonesta, ignorante y estúpida, inclusive cobarde y hasta demencial) es la que más habla de “respeto”, pero con una idea muy otra, pues llaman “respeto” a la cobardía, y exigen respeto cuando uno responde a sus faltas de respeto, y lo exigen con intentos de insultos y de amenazas (demasiado ridículo todo como para tomar algo en serio), incontables sandeces legaloides o seudolegales, y todas las faltas posibles de ortografía y de sintaxis, como si en vez de escribir, aporrearan el teclado, y en vez de pensar, cagaran… Todos son oligofrénicos y deshonestos: una cosa no termina en donde comienza la otra; la deshonestidad más bien se ampara en la oligofrenia. Si juntáramos las neuronas de todos esos seres no serían ni por asomo las de uno pensante, digamos capaz de escribir un párrafo o por lo menos una palabra coherente. Y finalmente, no le hacen ningún favor al que defienden, pues la calidad de los defensores delata la calidad del defendido.

* * *

Por lo pronto es todo, pero esta historia continuará.


Actualización: enero 10 a las 21:30

amenaza Captura de Pantalla 2020-01-10 a la(s) 21.03.59

En defensa de Naomi

Hace unas noches, Naomi y yo dábamos vueltas a la cancha del parque más grande en el barrio donde vivo, cuando se aproximó un tipo alto con un perro de raza pequeña, encadenado. Al verlos, Naomi se les acercó trotando, por instinto y por costumbre de saludar a todos los perros, porque es inevitablemente amistosa y sociable. Yo también por instinto, le grité que no se les acercara, pero me ignoró. El tipo jaló a su perro por el cuello con la correaa y, al tener cerca a Naomi, trató de patearla.

–¡Cálmate, pendejo, no la patees! –le grité desde lejos, y nos acercamos.

–¡Agárralo! ¡Agárralo! –gritó él– ¡Tienes que controlarlo!

–Controla tú a tu pinche miedo, pinche miedoso –le respondí.

–¡Tu perro puede hacerle daño al mío! –siguió gritando, entre muchas otras sandeces histéricas por el estilo.

–No le hace nada, pinche gentuza chillona –respondí otra vez, por todas las anteriores en que la chusma huichapeña se ha puesto así de irracional– y deja de gritar, pendejo, a mí no me grites ni me des órdenes.

Quizá solté un hilo de frases hirientes y humillantes, burlándome de la pequeñez infrahumana del pendejo, físicamente grande hacia lo alto y hacia los lados, todavía caminando y alejándome de él en mi propia dirección, cuando escuché:

–¡Tienes que aprender a ser responsable!

Me detuve a punto de responder a eso, pero mi otro yo prefirió ignorarlo, o al menos intentarlo, porque además la voz del miedoso irracional delataba una muy probable homosexualidad. Volteé con la actitud interna (digámoslo así) de que ya había pasado demasiado tiempo como para continuar con este asunto, si yo no tenía ni la más mínima disposición de educar a un oligofrénico ni de romperle la cabeza, cuando escuché:

–Mira cómo traigo yo a mi perro, encadenado.

Por un instante me invadió el impulso de caminar hacia él, o sea, en dirección contraria a la mía, y preguntarle:

–¿Sigues ladrando, pinche perrito? ¡Encadena tu miedo y deja de ladrar!

Pero de nuevo mi otro yo me contuvo…

Quizás el oligofrénico, aun cuando siguió su rumbo, nunca dejó de balbucir y espetar sandeces. Yo seguí haciendo mi ejercicio y, al parecer, todo quedó allí.

Pero no. Algo siguió molestándome y fue en aumento. Alrededor de una hora después recordé que, meses antes, Naomi y yo regresamos de ese mismo parque a nuestra casa en la tarde; ella se adelantó porque en un parque intermedio y menor había un perro de raza pequeña; su dueño lo tenía encadenado y, al ver a Naomi acercarse, le arrojó todas las piedras que pudo; cuando me vio acercarme con la cadena en el puño dejó de apedrear a Naomi, que corría evadiendo las pedradas.

El tipo estaba con otros que, según la imagen borrosa en mi memoria, también apedrearon a Naomi. Al llegar a la calle donde vivo, Naomi corrió hacia mí y yo me detuve observando al grupo con la indecisión de encararlo, devolverle las pedradas, retarlo desde lejos, hacerle señas obscenas… Opté por fingir que lo ignoraba, considerando la posibilidad de armarme con una de mis pistolas, el machete o los nunchakus de metal, y regresar sin Naomi. Con violencia contenida y gran frustración, opté por dejarlo todo como estaba. “Hay que tener algo planeado y preparado para estos casos”, pensé, pero más que planes, me calenté la cabeza con un montón de formas violentas de descargar mi furia contra esta chusma.

Ya en casa, la noche del miedoso irracional que gritó dándome órdenes, me cayó el veinte de que era el mismo, y aunque, por salud mental, si yo pudiera, lo sacaría de mi mente, al menos por un tiempo, y de ser posible hasta lo olvidaría, me obsesiona que alguien, por miedo y oligofrenia rabiosa, crea tener derecho de apedrear a una perra inofensiva si no está encadenada y lo haga con ayuda, crea tener derecho de patearla (mientras estrangula a su propio perro de raza pequeña, encadenado), crea tener derecho de gritarme a todo pulmón y darme órdenes…

Ahora sé que alguien así vive en la impunidad, jamás ha recibido una golpiza, cree tener autoridad y la ejerce, porque ha de ser un junior de vecindad, quizá pariente de la plaga parasitaria que infesta el palacio municipal sin trabajar o alguna otra de la misma especie; alguien que, por miedo, ataca a una perra sociable y amistosa, y después de gritar y dar órdenes, se pone como ejemplo de conducta, ejemplo a seguir…

* * *

No es un hecho aislado. He tenido que lidiar con demasiados seres infrahumanos de esta especie, defendiendo a Naomi. Uno se atrevió a golpearla dos veces con una vara por idénticos motivos. Le grité insultos y amenazas desde lejos, llamé a Naomi, la encadené, alcancé caminando a la bestia, le reclamé con más insultos y amenazas, contestó un montón de pendejadas y le grité señalando su cara:

–¡Cállate ya, pendejo! ¿Crees que porque estás viejo y cojo no te voy a romper la madre? ¿Cuánto apuestas a que te quito la vara y te la meto por el culo?

A lo cual respondió con la boca temblando y casi llorando:

–¡Perdóname!

Pinche gentuza patética. Es la normalidad de Huichapan, tanto que nueve de cada diez se abstienen de responder cuando alguien los llama borregos o gallinas, ofendiendo a los borregos y las gallinas.

Al que apedreó y trató de patear a Naomi, voy a decirle:

–A ver si entiendes esto, pedazo de pendejo: Esta perra es mi familia. Lo que le hagas a mi familia, se lo haré yo a la tuya. Y si eres oligofrénico y no lo entiendes, te lo voy a explicar con un balazo en la cara.

–Así como apedreas y tratas de patear a mi perra por tu pinche miedo irracional, gritas y das órdenes, ¿también tienes huevos para que tú y yo nos rompamos la madre aquí en este momento?

–Chinga a tu madre por haberte parido sin huevos y sin cerebro, pinche eunuco-descerebrado.

* * *

También he recordado una lección indirecta de Luis Lao, mi sensei de karate-do shotokan a mediados de los años ochenta y principios de los noventa, cuando llegué a ser cinta púrpura. Él tenía 44-45 años de edad cuando nos vimos y hablamos por última vez, y hasta donde me quedé, jamás había perdido una pelea, se mantenía invicto a pesar de haber enfrentado a peleadores de todos los tamaños. La lección indirecta es que, si tenía que batirse con alguien más grande y más fuerte, él tiraba literalmente a matar. “¡Y si le agarro los huevos se los arranco!”, dijo una vez en un tono tan convincente y elocuente que su frase retumba en mi cabeza desde entonces, con el tono que la dijo (hablaba de un alumno que, además de ser inmenso y poseer una fuerza brutal, era tan violento que, en uno de nuestros memorables miércoles de combate entre «cintas avanzadas», le rompió las costillas a un rival menor, y también estuvo a punto de perder el control en un combate con el actor José Alonso, cinta marrón entonces, a quien conocí en el dojo y era un tipazo, sorprendentemente sencillo y amigable… también conocí en el dojo, muchos años antes, al actor Jorge Luke, cinta negra, que sin comparación, era una mierda, entre otras cosas, cobarde, además de pésimo actor y pésimo karateca).

Yo no le arrancaré los huevos al oligofrénico que apedrea y patea perros inofensivos, porque además de oligofrénico es eunuco y los eunucos no tienen huevos. Yo voy a reventar su cabeza vacía contra el empedrado o el cemento, voy a tirarle los dientes… y si lo mato, alegaré defensa propia. Si el cobarde no se avienta el tiro, voy a humillarlo y agredirlo cada vez que lo vea, para que su pinche miedo lo haga temblar cada vez que salga de casa…

* * *

Al empuñar de nuevo los nunchakus de metal descubro eso que llaman “la memoria del cuerpo”. Hay cosas que nunca se olvidan. Cuando se pierde práctica, se recupera rápido y fácil. No me importa empezar a cargarlos siempre desde ahora, porque de por sí ando siempre armado desde hace seis años, cuando me hice de cierto enemigo, también grande y fuerte, pero viejo, gordo y fumador, a quien caracteriza, además, la temeridad de un loco, otro pinche oligofrénco rabioso, como mi vecino, el que tengo que padecer a diario, y como la cucaracha que me envió amenazas cuando las granjas porcícolas fueron clausuradas.

En fin. Aunque no tengo mucho tiempo para escribir al respecto (de nada), te mantendré informad@.

(Esta historia continuará…)

Gas Express Nieto y su falta de ética

Después de un fiasco tras otro con dos compañías de gas en Huichapan, dejé de consumir gas durante algunos años y decidí consumirlo de nuevo, al menos en los días fríos de este invierno. Alguien me recomendó Gas Nieto y pedí por teléfono que vinieran a llenar mi tanque estacionario. Para empezar, llegaron con su anuncio sonando y me enteré así de que es Gas Nieto la compañía que recorre Huichapan entre las 7:00 y las 8:00 de la mañana con cláxones grabados que suenan a todo volumen sin que uno se entere de lo que anuncian. Contaminación sonora sin justificación alguna, que amerita por lo menos una gran multa.

Al desplegar su escalera y apoyarla en la orilla de mi azotea lo hicieron con tanto cuidado que la rompieron. Subí a la azotea y el empleado me dijo que el empaque del tanque era suyo y se lo llevaría. Me pareció sospechoso, pero acepté. Llenaron el tanque hasta el 85 por ciento y reclamé por el daño a la orilla de mi azotea. «Ya estaba», contestó el que la rompió en tono idiota de «a ver si pega». Repetí mi reclamo al que manejaba y preguntó: «¿Cómo le hacemos con eso?» A lo cual respondí que yo haría reparar la saliente y les pasaría la cuenta. Él estuvo de acuerdo y se fueron.

Pero no bajaba el gas. Probé de todas la maneras posibles y nada. Así que los llamé para pedir que regresaran. Regresó el que manejaba y encontró cierta unión de conductos que no sellaba. Quién sabe por qué no bajaba el gas. Quizás había una basura y cayó al separar ambos tubos para mostrarme que no sellaban. Le pedí que cerrara la llave del tanque mientras yo reparaba esa avería y lo hizo. Al despedirnos, ofreció volver cuando yo lo llamara para que abriera el tanque, una vez reparado el desperfecto.

Desde que hice la reparación ha pasado medio mes, dos semanas, y desde entonces llamé casi a diario para pedir que me hicieran el favor de abrir el tanque de nuevo, pero ahora que no es comprar gas lo que necesito y lo que pido, se ha dado la casualidad de que no hay pipa, ya hizo el corte y no hay quien la maneje, o se descompuso, ya se fue pa’ San Juan, hoy no trabajó, se descompuso de nuevo. Me dicen que hacen corte a las dos de la tarde, pero puede uno comprar gas hasta las seis. Les digo que oigo su anuncio ruidoso, contaminante y agresivo, y me contestan que lo hace un camión repartidor de cilindros, aunque la pipa llegue con el anuncio sonando. Son tan cínicas y sistemáticas sus mentiras que uno percibe claramente cuán acostumbrados están a mentir siempre sin excepción y hasta en tono de burla risueña que también delata una falta de principios y valores, una deshonestidad idiosincrásica… En fin.

Hoy sábado llamé por última vez. Había decidido que sería la última, pero el que tomó la llamada me aseguró que, en un rato, llegaría la pipa a mi casa. Esperé una hora y, como no llegaba, llamé de nuevo. Contestó otra persona y dijo que la pipa ya se había ido pa’ San Juan. Reclamé por la promesa y el compromiso incumplidos, le hice un recuento de las burlas, y el fulano se comprometió a que me llamaría un supervisor, quién sabe para qué. Anotó mi número telefónico y mi dirección, pero nadie llamó.

Espero, pues, que este relato sirva para que todo Huichapan se entere de la falta de ética, de moral, de respeto y de honestidad en una empresa corporativa que, para empezar, contamina de lunes a sábado, todas las mañanas y algunas tardes, todo el municipio, con sus cláxones grabados y un decibel suficiente para que sea necesario taparse lo oídos hasta que pase…

Claro que, si el ayuntamiento no sirviera para nada, los multaría por ese ruido y por otras razones, pero todo Huichapan tolera la contaminación y la inutilidad parasitaria de quienes se dicen «autoridades».

Encabeza Gas Express Nieto ‘lista negra’ de la Profeco

Gas Express Nieto lidera lista negra de la Profeco

Granjas y delegados pestilentes

Pobladores de El Cajón, en la periferia de Huichapan, están doblemente molestos, tanto con la pestilencia insoportable y enfermante de la granja que opera en esa comunidad, como con el papel que asume su delegado, Moisés López Hernández, de abierto defensor de la granja.

Cuestionado también por vecinos de otros barrios y comunidades como El Calvario, San Mateo y Dothí, por representar más a la granja (dueños y empresa) que a los vecinos afectados, López Hernández contesta con un cinismo de antología: «Es que a mí no me afecta».

–¡Claro que te afecta, ni que vivieras en una burbuja!

El personaje niega el daño causado a la salud pública por la granja, sobre todo en su comunidad, que es también ejido, y defiende a la empresa con el argumento de que a veces contrata «ayudantes».

Convocados a una reunión en El Cajón, los representantes de la empresa no llegaron.

Tampoco se apersonaron «autoridades» municipales. Llegó, en cambio, la señora María Elena, delegada de El Calvario, y gente de su barrio que se encontró allí con pobladores de la comunidad de Dothí, afectados por otra granja de la misma familia, los Siordia, cuya contaminación es equivalente, por lo que alrededor de 60 pobladores de El Cajón se agruparon poco a poco y expresaron su enojo con el delegado.

Se dijo que hay una versión acordada entre las «autoridades» sanitarias del municipio y la delegación de Dothí en el sentido de que la granja ubicada en esa comunidad no contamina, que la empresa contratada tiene todo en orden y limpio.

Los pobladores afectados y descontentos hasta la exasperación desmintieron dicha versión: «Lo que pasa es que la delegada también está comprada, ya le dieron su marrano. ¿Cómo pueden decir que allí todo está limpio y en orden, si apesta de la chingada?

–¡La peste nos enferma, como a la gente de El Cajón! ¡Nadie puede vivir así!

La señora María Elena comentó que algunos alumnos de las escuelas de El Calvario han enfermado, que inclusive ella ha tenido problemas de salud.

Con más razón los niños y adultos mayores en El Cajón, San Mateo y Dothí, agregaron otros.

Estos últimos narraron que, al tender la ropa húmeda en exteriores, se impregna de la pestilencia y así tienen que vestirse, que la misma contaminación les quita el apetito y les provoca náuseas a mitad de la comida.

Al final, la asamblea programada no fue tal, fue una reunión informal y amorfa, sin acuerdos, sin minuta, sin información oficial… y la cita se pospuso para el domingo a las ocho de la mañana en el mismo lugar: quiosco de El Cajón, con el delegado y el comisariato ejidal, como acostumbra la comunidad.

Quedó en evidencia una división en la delegación de El Cajón, pues el subdelegado propuso en corto a los vecinos organizar una guardia rotativa de 60 personas (cantidad similar a la que se reunió en ese momento) para bloquear los accesos a la calle y vigilar que no entren más puercos y sean evacuados los que todavía siguen adentro, esto con un plazo y un ultimátum: si la evacuación no termina en dicho plazo, tomar posesión de la granja con apoyo de otros barrios y otras comunidades de Huichapan, y gente de Ixmiquilpan que ha manifestado su disposición solidaria en este sentido.

Se habló de bloquear la carretera federal y tomar la presidencia municipal, aunque la primera idea fue prácticamente descartada por afectar a terceros, no así la segunda, que tendría un significado simbólico y efectos mediáticos.

Se habló también de convocar a medios de comunicación como TV Azteca Pachuca, Televisa, El Sol de Hidalgo y diarios de circulación nacional para que informen de la situación y su parálisis, porque Huichapan está cada vez más cerca de una epidemia y, aunque no sea declarada oficialmente, existe una emergencia sanitaria: la contaminación de la granja no se reduce al aire, abarca también el agua y la tierra desde la superficie hasta los mantos acuíferos o freáticos en un corredor de aguas termales.

La cobertura mediática serviría también para que las autoridades estatales y federales tomen cartas en el asunto con más energía y seriedad, hasta el punto de que Huichapan eventualmente pierda la categoría de «Pueblo Mágico», por la que recibe recursos federales que no se reflejan de ninguna manera en ninguna parte.

Ni siquiera el Lienzo Charro ha tenido el mantenimiento que requiere, se dijo, y el presidente municipal lo maneja como un negocio familiar.

Acerca del delegado de El Cajón, Moisés López Hernández, la comunicación pública y privada baraja la posibilidad de exigir su remoción anticipada y su inhabilitación, como se hizo en su momento con el delegado de San Mateo.

La Procuraduría Estatal de Protección al Ambiente (Proespa) clausuró el pasado 22 de octubre la granja pestilente y le dio a la empresa diez días de plazo para evacuarla. Cumplido ese plazo, hay todavía 3 mil 500 puercos allí, así que se han llevado mil 500.

El ayuntamiento dice que la empresa tiene derecho a una prórroga, pero ignora el límite de dicha prórroga para que se extienda por dos años, como sucedió con la clausura anterior.

Ni los dueños ni la empresa ni el ayuntamiento (incluidos los delegados de los barrios y las comunidades más afectados, que son El Cajón, San Mateo y Dothí por otra granja) tienen la más mínima intención de que Huichapan deje de apestar a mierda porcina. Apuestan a la costumbre.